Cuando se enfrenta la adversidad

Acompáñeme por el túnel del tiempo, y retrocedamos a la ciudad de Uz. En esa ciudad, había un ciudadano que todos respetaban. Era un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y llevaba una vida limpia. Tenía diez hijos, ganado en abundancia, terrenos extensos, una multitud de criados y una cantidad substancial de efectivo. Nadie negaría que era “más grande que todos los orientales” (Job 1:3), ya que se había ganado esa reputación mediante años de trabajo arduo y tratos justos con los demás. Se llamaba Job, sinónimo de integridad y piedad.

Sin embargo, en cuestión de horas llegó a ser, como lo dice un verso de la obra La Comedia de Errores de Shakespeare: Un alma infeliz, maltratada por la adversidad.¹

La adversidad, sin anunciarse, le cayó encima a Job como una avalancha de piedras puntiagudas. Perdió su ganado, sus sembradíos, sus tierras, criados  y, aunque usted no lo crea, todos sus diez hijos. Como si esto fuese poco, después perdió su salud, la última esperanza humana de ganarse la vida. Permítame pedirle que deje de leer un momento. Cierre sus ojos por sesenta segundos, e identifíquese con ese buen hombre que fue aplastado bajo el peso de la adversidad.

El libro que lleva su nombre anota una entrada que Job escribió en su diario poco después de que las piedras de la tragedia cayeron sobre él. Con mano temblorosa escribió: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (1:21).

Después de esta increíble declaración, Dios añadió: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (1:22).

Es justo aquí, en este momento, que tengo  moviendo mi  cabeza. Me estoy preguntando: “¿Cómo pudo Job, hacerle frente con tanta calma, a toda esa serie de odiseas mezcladas con aflicción?” Piense en el resultado: bancarrota, dolor, diez tumbas recién tapadas. Y la soledad de aquellas habitaciones vacías.

No obstante, leemos que él adoró a Dios; que no pecó, ni le echó la culpa a su Hacedor.

Las preguntas lógicas son: “¿Por qué no lo hizo? ¿Cómo pudo lograrlo? ¿Qué le impidió hundirse en la amargura o incluso pensar en el suicidio?” Sin querer  simplificar demasiado la situación, sugiero tres respuestas básicas que he descubierto al investigar el libro que lleva su nombre.

Primero, Job afirmó la soberanía amorosa de Dios. Creía que el Señor que le dio lo que tenía, también tenía todo derecho de quitárselo (1:21). En sus propias palabras dijo: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (2:10).

Job miró hacia arriba, afirmando el derecho del Señor de gobernar su vida. ¿Quién fue el necio que dijo que Dios no tenía derecho de añadir arena a nuestro barro, marcas a nuestra vasija o fuego a lo que hace con su mano? ¿Quién se atrevió a levantar su puño de barro hacia el cielo y cuestionar el plan del Alfarero? Job no lo hizo. Para él, la soberanía de Dios estaba entretejida con su amor.

Segundo, Job tenía la promesa divina de la resurrección. ¿Recuerda usted sus palabras inmortales? “Yo sé que mi Redentor vive y al fin he de ver a Dios” (Job 19:25–26).

Miraba hacia adelante, apoyándose en la promesa de su Señor de hacer todas las cosas brillantes y hermosas en la vida más allá. Sabía que en ese tiempo quedaría eliminado todo dolor, muerte, tristeza, lágrimas y adversidad. Sabiendo que “la esperanza no avergüenza” (Romanos 5:5), soportó el hoy con una visión del mañana.

Tercero, Job confesó su propia falta de comprensión. ¡Qué alivio da esto! No se sintió obligado a explicar el por qué. Escuche su sincera admisión: “Yo conozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti... Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas [demasiado profundas] para mí, que yo no comprendía... Te preguntaré, y tú me enseñarás’” (Job 42:2–4).

Miró dentro de sí mismo y confesó su ineptitud de entenderlo todo. Descansó en Dios durante su adversidad, sin sentirse obligado a responder por qué.

Tal vez usted esté empezando a caer lastimado por las piedras de la adversidad. Tal vez la avalancha ya ha caído o tal vez no. La adversidad puede estar a diez mil kilómetros de distancia. Así es como Job se sentía pocos minutos antes de perderlo todo.

Repase estos pensamientos al apagar las luces esta noche, amigo mío y amiga mía.  Simplemente, por si acaso. Algunas vasijas de barro se vuelven bastante frágiles al estar expuestas a la luz del sol día tras día.


Charles R. Swindoll
Vision para Vivir



¿Qué espero yo, como pastor, de mis músicos?

El siguiente artículo es una compilación de respuestas de varios pastores a la pregunta: ¿Qué espera usted de los músicos en su iglesia?

1. Que sean personas de la Palabra de Dios. El tiempo pasado en el fiel estudio la Escritura se hará evidente en la letra de las canciones que los músicos escriben y tocan. Todos los himnos, alabanzas, cánticos y números especiales en la iglesia deben estar basados en la Biblia y transmitir una teología bíblica. El mensaje que expresan las canciones debe ser sustancioso y comunicarse con claridad idiomática y fidelidad bíblica.

2. Que canten, dirijan y toquen bien. El Salmo 33, un salmo de victoria, es uno de los muchos lugares en el salterio donde se insta a los músicos a hacer bien su labor: «Entónenle un cántico nuevo de alabanza; toquen el arpa con destreza y canten con alegría» (v. 3 NTV). «Con destreza» tiene varias implicaciones para nuestras iglesias.

En primer lugar, señala la importancia de que los músicos tengan el llamado de Dios a ese ministerio. En el continente, uno de los resultados impactantes del énfasis dado a la música en los últimos años, es la importancia otorgada a la adoración y a la alabanza, y a la vez a los músicos que la dirigen.

En segundo lugar, el músico debe contar con el talento que corresponde a una persona que dirige a la congregación en alabanzas a Dios. En tercer lugar, los músicos han de ensayar y llegar preparados tanto física como espiritualmente. Por último, implica que los directores de alabanza tienen que planear bien sus programas para no convertirse en lo que un pastor describía de esta manera: «El nuevo dictador en muchas iglesias es el director de alabanza. Hace y deshace el programa como le da la gana, generalmente con poca planificación y mucha inspiración. Usa el tiempo que desea, predica con frecuencia sus propios mensajes, alegando que el Espíritu es quien lo guía». Sin embargo, el director de alabanza debe ser lo suficientemente sensible a la voz de Dios como para darse cuenta del propósito que el Espíritu Santo tiene para cada día en particular y según las necesidades de los asistentes al culto.

(Nota: Que los músicos toquen bien los instrumentos no significa que con volumen excesivo ahoguen el mensaje de las palabras del cántico).

3. Que se sujeten a la autoridad de los líderes de la iglesia. «Obedezcan a sus líderes espirituales y hagan lo que ellos dicen» (Hebreos 13:17 NTV). Si nosotros hemos de pastorear a los músicos, en ellos debe estar el deseo de sujetarse a la autoridad que Dios ha dado a los líderes. Creemos firmemente que la música, la adoración (todo lo que sucede antes y después del mensaje) y el sermón deben complementarse y constituir una unidad. Esto no sucederá sin buena comunicación entre los músicos y el cuerpo pastoral. Un pastor comentaba: «La adoración debe ser parte de un todo, y la sujeción, una expresión vital de verdadera espiritualidad».

4. Que tengan espíritu servicial. Jesús es nuestro modelo: «Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28 NTV). Si el lector desea profundizar en el motivo por el cual se insiste en que los músicos sean siervos, recomendamos la lectura del libro ¿Qué hacemos con estos músicos? por Marcos Witt. Según Witt, la falta de humildad es una de las grandes fallas en los músicos modernos, y recomienda a la iglesia local no permitir que los músicos toquen y canten hasta tanto tengan espíritu de servicio.

Jesús mismo es modelo de servicio cuando lava los pies de los discípulos (Juan 13). Era costumbre entre los paganos que el esclavo lavara los pies de los comensales. Con este acto Jesús señala las actitudes que debe asumir el músico al ministrar en la iglesia: humildad y servicio. Uno de los pastores que contribuyó a este artículo, menciona que evitó que el grupo de alabanza de su iglesia ministrara en la plataforma hasta que vio en ellos espíritu servicial hacia la congregación.

5. Que formen parte de un grupo de apoyo o discipulado (el nombre varía de iglesia en iglesia) donde den razón de sus acciones a otros creyentes. Un vez más acudimos a Hebreos donde el autor dice: «Pensemos en maneras de motivarnos unos a otros a realizar actos de amor y buenas acciones» (10:24 NTV). Por regla general, los músicos son artistas y se manejan por las emociones. Un grupo de discipulado les dará la disciplina necesaria, sin con ello quitarles la creatividad.

6. Que al desempeñar su cargo tengan en cuenta todas las edades y etapas espirituales de los miembros de su iglesia. Que piensen tanto en los niños como en la gente de edad avanzada, tanto en los nuevos en la fe como en quienes han estado caminando con el Señor durante largo tiempo. El culto debe caracterizarse por una atmósfera en la que todos los presentes sientan la presencia de Dios y sean animados a amar a nuestro gran Dios.

Para pensar: Hace poco un cristiano que no había asistido a la iglesia el domingo anterior le expresó al pastor: «Estoy cansado de la pachanga. Cuando recién me convertí y era más joven, me gustaba. Pero ahora el ruido me da dolor de cabeza y me canso cantando la misma canción una, y otra, y otra vez. No es que no deseo alabar al Señor; todo lo contrario, pero la adoración simplista ya no expresa todo lo que deseo decirle al Señor. Prefiero leer salmos y cantar himnos y alabanzas en casa y llegar al culto para la predicación».


Dr. Jaime Mirón
Asociación Evangelística Luis Palau



Ministerios en Contacto

No soy sociable con las personas. No sé qué decir. Eso me hace sentir incómodo. Con frecuencia buscamos pretextos en vez de brindar compasión. Pero somos nosotros quienes salimos perdiendo.

Podemos pensar que cuanto más grande es una iglesia más le agrada a Dios, pero la verdad es que Él está mucho más interesado en las personas que en los edificios. La creación lo demuestra. El Señor no creó la tierra simplemente para que fuera admirada por su belleza, sino para que fuera el hábitat ideal de la corona de su creación: el género humano.

Cuando Jesús inició su ministerio terrenal, también se enfocó en las personas. Dondequiera que iba se ocupaba de quienes tenían necesidades físicas, emocionales y espirituales. Por tanto, ¿no deberían ser las personas también nuestra prioridad? Como creyentes, estamos llamados a edificarnos unos a otros (1 Ts 5.11) y a sobrellevar los unos las cargas de los otros (Gá 6.2). Pero muchos cristianos van a la iglesia y asisten a reuniones de estudio bíblico para empaparse de verdades espirituales que nunca comparten con los demás. La Palabra de Dios debería cambiarnos y, a la vez, tener un efecto en los demás cuando atendemos sus necesidades.

Si no tenemos cuidado, podemos ir por la vida con los ojos vendados, olvidando que las personas que nos rodean están sufriendo. Algunos cristianos se apresuran a decir: “Bueno, yo no tengo el don de la misericordia; por tanto, esto no se aplica a mí”. Pero los creyentes no están exentos de la responsabilidad de las prácticas espirituales, y todos los hijos de Dios deberían estar creciendo en este aspecto.

Para lograrlo, tenemos que ver la situación de los demás desde la perspectiva de ellos y sentir sus emociones. Las personas que están sufriendo reconocen si nuestros intentos de consolarlas son simplemente palabras huecas o un interés sincero que fluye de un corazón comprensivo. Nosotros reconocemos cómo podía el Señor Jesús ministrar con compasión genuina. Después de todo, Él es Dios. Pero, ¿cómo vamos nosotros, personas comunes y corrientes, a ministrar a los demás de la manera que Él lo hacía?

El valor del sufrimiento. Uno de los métodos más sorprendentes y efectivos para desarrollar la empatía en nosotros es por medio de nuestro sufrimiento. Segunda a los Corintios 1.3, 4 dice que Dios es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”.

Aunque a nadie le gusta sufrir, ¿quién mejor para establecer lazos de simpatía con una persona que está sufriendo, que alguien que ha pasado por un valle oscuro y salido adelante? Porque hemos tenido una experiencia dolorosa parecida, podemos asegurar a otros que el Señor es bueno en cada situación. Todos los que deseemos ser usados por Dios, tenemos que someternos al sufrimiento y reconocer que la facilidad, la comodidad y el placer no son sus únicos planes para nuestra vida. Él nos salvó para que ayudemos a los demás, y sentir empatía con ellos es una parte integral de ese llamamiento.

Reconocer a los necesitados. Si vamos a ser efectivos al expresar empatía, tenemos primero que reconocer la condición emocional y espiritual de quienes estamos tratando de ayudar. Si andamos en el Espíritu, viviendo sometidos a su autoridad, Él nos dará el discernimiento espiritual para ver a las personas y sus situaciones desde su perspectiva. El Espíritu nos dará compasión por los que sufren y ayudará a amar a quienes no se hacen querer.

Parte de ver a las personas como Dios las ve es reconocer su futuro potencial. Cuando Cristo miraba a las personas, no veía solamente a quién estaba delante de Él, sino también en lo que podría llegar a ser. Por ejemplo, cuando se encontró con Pedro, el pescador, vio a un líder de su iglesia. También reconoció que Saulo, el perseguidor, se convertiría un día en el Pablo del evangelio. Es por eso que nunca debemos etiquetar a nadie. Algunas veces, saber simplemente que alguien ve el potencial que hay en ellas, puede sacar a las personas de la desesperanza y motivarlas a convertirse en fuerzas poderosas en el reino de Dios.

Acercarse para ayudar. Para animar a los demás tenemos que acercarnos en persona. Muchas veces, tratamos de conectarnos con los demás por medio de mensajes de texto, correos electrónicos o incluso llamadas telefónicas. Pero nada puede sustituir la efectividad de una interacción personal cara a cara. Solo así podremos ver la expresión fácil y el lenguaje corporal que revelan lo que está sucediendo en el corazón. Cuando Jesús se acercaba a las personas, se conectaba con ellas mentalmente para formarse un juicio sobre su condición; emocionalmente, para mostrarles compasión; y físicamente, para aliviar su sufrimiento.

Estar preparados para dar. Después, tenemos que estar preparados para suplir las necesidades de quienes están atravesando dificultades. No obstante, esto requiere gran discernimiento espiritual, porque la necesidad más obvia pudiera no ser la más importante. Algunas veces parece que la respuesta compasiva sería aliviar el dolor de las personas o ayudarlas a salir de una mala situación. Pero, a veces, Dios tiene el propósito de hacer algo en sus vidas por medio de la prueba.

Cuando Jesús estaba en la región de los gadarenos, se encontró con un hombre poseído de demonios, cuyo aspecto y conducta podían haber parecido el mayor problema (Lc 8.26-35). Estaba desnudo, cubierto de heridas y gritando salvajemente. Si Jesús hubiera atendido las necesidades inmediatas del hombre, vistiéndolo, pidiéndole que se sentara tranquilamente para comer y conversar en cuanto a lo que lo estaba molestando, habría sido un caos. Y lo que es peor, el hombre se habría quedado en su desesperada condición. Pero Jesús lo encontró en el momento de su necesidad más grande: la de liberación espiritual. Después de expulsar a los demonios todo lo demás se arregló. Al igual que Cristo, tenemos que recordar que nuestras buenas intenciones de hacer sentir mejor a las personas pueden, en realidad, ser un estorbo.

Utilizar las dificultades. Todos hemos experimentado situaciones cuando nuestras necesidades fueron tan abrumadoras que lo único que pudimos hacer fue pedir ayuda. Pero, una vez que hayamos pasado por el sufrimiento y recibido su consuelo, Él quiere que consolemos a los demás, completando así el ciclo de 2 Corintios 1.3, 4. Después de ayudar a una persona a atravesar un valle oscuro, el paso siguiente es animarla a utilizar ese sufrimiento para ayudar a alguien más. Eso fue lo que Jesús hizo después de liberar al hombre poseído de demonios. Le dijo: “Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo” (Lc 8.39).

Invertir en las vidas de los demás no siempre es fácil. Se requiere tiempo y energía, pero Cristo promete en Lucas 6.38: “Dad, y se os dará”. El Señor multiplicará cualquier cosa que usted dé para servirle a Él. Si sacrifica su tiempo para ayudar a alguien, el Señor le dará el tiempo que necesite para cualquier otra cosa que Él sabe que debe hacer. Si ministrar a alguien le deja emocionalmente agotado, Él promete renovarle. Darnos a los demás no es una vida de privaciones sino de crecimiento espiritual, gozo y satisfacciones.


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Días de Banco
Días de Banco
Publicado: Martes, 12 Diciembre 2017 06:57

Se vienen los días de Banco, previo a nuestros días de Gracia Este jueves 14 y viernes 15 de Diciembre. Puedes depositar o transferir tu ofrenda al Señor en: Banco Estado Cuenta: 238 9720 Rut: 78.007.770 - 0      

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