Cuando se enfrenta la adversidad

Acompáñeme por el túnel del tiempo, y retrocedamos a la ciudad de Uz. En esa ciudad, había un ciudadano que todos respetaban. Era un hombre intachable, recto, temeroso de Dios y llevaba una vida limpia. Tenía diez hijos, ganado en abundancia, terrenos extensos, una multitud de criados y una cantidad substancial de efectivo. Nadie negaría que era “más grande que todos los orientales” (Job 1:3), ya que se había ganado esa reputación mediante años de trabajo arduo y tratos justos con los demás. Se llamaba Job, sinónimo de integridad y piedad.

Sin embargo, en cuestión de horas llegó a ser, como lo dice un verso de la obra La Comedia de Errores de Shakespeare: Un alma infeliz, maltratada por la adversidad.¹

La adversidad, sin anunciarse, le cayó encima a Job como una avalancha de piedras puntiagudas. Perdió su ganado, sus sembradíos, sus tierras, criados  y, aunque usted no lo crea, todos sus diez hijos. Como si esto fuese poco, después perdió su salud, la última esperanza humana de ganarse la vida. Permítame pedirle que deje de leer un momento. Cierre sus ojos por sesenta segundos, e identifíquese con ese buen hombre que fue aplastado bajo el peso de la adversidad.

El libro que lleva su nombre anota una entrada que Job escribió en su diario poco después de que las piedras de la tragedia cayeron sobre él. Con mano temblorosa escribió: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (1:21).

Después de esta increíble declaración, Dios añadió: “En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (1:22).

Es justo aquí, en este momento, que tengo  moviendo mi  cabeza. Me estoy preguntando: “¿Cómo pudo Job, hacerle frente con tanta calma, a toda esa serie de odiseas mezcladas con aflicción?” Piense en el resultado: bancarrota, dolor, diez tumbas recién tapadas. Y la soledad de aquellas habitaciones vacías.

No obstante, leemos que él adoró a Dios; que no pecó, ni le echó la culpa a su Hacedor.

Las preguntas lógicas son: “¿Por qué no lo hizo? ¿Cómo pudo lograrlo? ¿Qué le impidió hundirse en la amargura o incluso pensar en el suicidio?” Sin querer  simplificar demasiado la situación, sugiero tres respuestas básicas que he descubierto al investigar el libro que lleva su nombre.

Primero, Job afirmó la soberanía amorosa de Dios. Creía que el Señor que le dio lo que tenía, también tenía todo derecho de quitárselo (1:21). En sus propias palabras dijo: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (2:10).

Job miró hacia arriba, afirmando el derecho del Señor de gobernar su vida. ¿Quién fue el necio que dijo que Dios no tenía derecho de añadir arena a nuestro barro, marcas a nuestra vasija o fuego a lo que hace con su mano? ¿Quién se atrevió a levantar su puño de barro hacia el cielo y cuestionar el plan del Alfarero? Job no lo hizo. Para él, la soberanía de Dios estaba entretejida con su amor.

Segundo, Job tenía la promesa divina de la resurrección. ¿Recuerda usted sus palabras inmortales? “Yo sé que mi Redentor vive y al fin he de ver a Dios” (Job 19:25–26).

Miraba hacia adelante, apoyándose en la promesa de su Señor de hacer todas las cosas brillantes y hermosas en la vida más allá. Sabía que en ese tiempo quedaría eliminado todo dolor, muerte, tristeza, lágrimas y adversidad. Sabiendo que “la esperanza no avergüenza” (Romanos 5:5), soportó el hoy con una visión del mañana.

Tercero, Job confesó su propia falta de comprensión. ¡Qué alivio da esto! No se sintió obligado a explicar el por qué. Escuche su sincera admisión: “Yo conozco que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti... Por tanto, yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas [demasiado profundas] para mí, que yo no comprendía... Te preguntaré, y tú me enseñarás’” (Job 42:2–4).

Miró dentro de sí mismo y confesó su ineptitud de entenderlo todo. Descansó en Dios durante su adversidad, sin sentirse obligado a responder por qué.

Tal vez usted esté empezando a caer lastimado por las piedras de la adversidad. Tal vez la avalancha ya ha caído o tal vez no. La adversidad puede estar a diez mil kilómetros de distancia. Así es como Job se sentía pocos minutos antes de perderlo todo.

Repase estos pensamientos al apagar las luces esta noche, amigo mío y amiga mía.  Simplemente, por si acaso. Algunas vasijas de barro se vuelven bastante frágiles al estar expuestas a la luz del sol día tras día.


Charles R. Swindoll
Vision para Vivir



¿Qué espero yo, como pastor, de mis músicos?

El siguiente artículo es una compilación de respuestas de varios pastores a la pregunta: ¿Qué espera usted de los músicos en su iglesia?

1. Que sean personas de la Palabra de Dios. El tiempo pasado en el fiel estudio la Escritura se hará evidente en la letra de las canciones que los músicos escriben y tocan. Todos los himnos, alabanzas, cánticos y números especiales en la iglesia deben estar basados en la Biblia y transmitir una teología bíblica. El mensaje que expresan las canciones debe ser sustancioso y comunicarse con claridad idiomática y fidelidad bíblica.

2. Que canten, dirijan y toquen bien. El Salmo 33, un salmo de victoria, es uno de los muchos lugares en el salterio donde se insta a los músicos a hacer bien su labor: «Entónenle un cántico nuevo de alabanza; toquen el arpa con destreza y canten con alegría» (v. 3 NTV). «Con destreza» tiene varias implicaciones para nuestras iglesias.

En primer lugar, señala la importancia de que los músicos tengan el llamado de Dios a ese ministerio. En el continente, uno de los resultados impactantes del énfasis dado a la música en los últimos años, es la importancia otorgada a la adoración y a la alabanza, y a la vez a los músicos que la dirigen.

En segundo lugar, el músico debe contar con el talento que corresponde a una persona que dirige a la congregación en alabanzas a Dios. En tercer lugar, los músicos han de ensayar y llegar preparados tanto física como espiritualmente. Por último, implica que los directores de alabanza tienen que planear bien sus programas para no convertirse en lo que un pastor describía de esta manera: «El nuevo dictador en muchas iglesias es el director de alabanza. Hace y deshace el programa como le da la gana, generalmente con poca planificación y mucha inspiración. Usa el tiempo que desea, predica con frecuencia sus propios mensajes, alegando que el Espíritu es quien lo guía». Sin embargo, el director de alabanza debe ser lo suficientemente sensible a la voz de Dios como para darse cuenta del propósito que el Espíritu Santo tiene para cada día en particular y según las necesidades de los asistentes al culto.

(Nota: Que los músicos toquen bien los instrumentos no significa que con volumen excesivo ahoguen el mensaje de las palabras del cántico).

3. Que se sujeten a la autoridad de los líderes de la iglesia. «Obedezcan a sus líderes espirituales y hagan lo que ellos dicen» (Hebreos 13:17 NTV). Si nosotros hemos de pastorear a los músicos, en ellos debe estar el deseo de sujetarse a la autoridad que Dios ha dado a los líderes. Creemos firmemente que la música, la adoración (todo lo que sucede antes y después del mensaje) y el sermón deben complementarse y constituir una unidad. Esto no sucederá sin buena comunicación entre los músicos y el cuerpo pastoral. Un pastor comentaba: «La adoración debe ser parte de un todo, y la sujeción, una expresión vital de verdadera espiritualidad».

4. Que tengan espíritu servicial. Jesús es nuestro modelo: «Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28 NTV). Si el lector desea profundizar en el motivo por el cual se insiste en que los músicos sean siervos, recomendamos la lectura del libro ¿Qué hacemos con estos músicos? por Marcos Witt. Según Witt, la falta de humildad es una de las grandes fallas en los músicos modernos, y recomienda a la iglesia local no permitir que los músicos toquen y canten hasta tanto tengan espíritu de servicio.

Jesús mismo es modelo de servicio cuando lava los pies de los discípulos (Juan 13). Era costumbre entre los paganos que el esclavo lavara los pies de los comensales. Con este acto Jesús señala las actitudes que debe asumir el músico al ministrar en la iglesia: humildad y servicio. Uno de los pastores que contribuyó a este artículo, menciona que evitó que el grupo de alabanza de su iglesia ministrara en la plataforma hasta que vio en ellos espíritu servicial hacia la congregación.

5. Que formen parte de un grupo de apoyo o discipulado (el nombre varía de iglesia en iglesia) donde den razón de sus acciones a otros creyentes. Un vez más acudimos a Hebreos donde el autor dice: «Pensemos en maneras de motivarnos unos a otros a realizar actos de amor y buenas acciones» (10:24 NTV). Por regla general, los músicos son artistas y se manejan por las emociones. Un grupo de discipulado les dará la disciplina necesaria, sin con ello quitarles la creatividad.

6. Que al desempeñar su cargo tengan en cuenta todas las edades y etapas espirituales de los miembros de su iglesia. Que piensen tanto en los niños como en la gente de edad avanzada, tanto en los nuevos en la fe como en quienes han estado caminando con el Señor durante largo tiempo. El culto debe caracterizarse por una atmósfera en la que todos los presentes sientan la presencia de Dios y sean animados a amar a nuestro gran Dios.

Para pensar: Hace poco un cristiano que no había asistido a la iglesia el domingo anterior le expresó al pastor: «Estoy cansado de la pachanga. Cuando recién me convertí y era más joven, me gustaba. Pero ahora el ruido me da dolor de cabeza y me canso cantando la misma canción una, y otra, y otra vez. No es que no deseo alabar al Señor; todo lo contrario, pero la adoración simplista ya no expresa todo lo que deseo decirle al Señor. Prefiero leer salmos y cantar himnos y alabanzas en casa y llegar al culto para la predicación».


Dr. Jaime Mirón
Asociación Evangelística Luis Palau



Bienaventurados los que consuelan

No soy sociable con las personas. No sé qué decir. Eso me hace sentir incómodo. Con frecuencia buscamos pretextos en vez de brindar compasión. Pero somos nosotros quienes salimos perdiendo.

Podemos pensar que cuanto más grande es una iglesia más le agrada a Dios, pero la verdad es que Él está mucho más interesado en las personas que en los edificios. La creación lo demuestra. El Señor no creó la tierra simplemente para que fuera admirada por su belleza, sino para que fuera el hábitat ideal de la corona de su creación: el género humano.

Cuando Jesús inició su ministerio terrenal, también se enfocó en las personas. Dondequiera que iba se ocupaba de quienes tenían necesidades físicas, emocionales y espirituales. Por tanto, ¿no deberían ser las personas también nuestra prioridad? Como creyentes, estamos llamados a edificarnos unos a otros (1 Ts 5.11) y a sobrellevar los unos las cargas de los otros (Gá 6.2). Pero muchos cristianos van a la iglesia y asisten a reuniones de estudio bíblico para empaparse de verdades espirituales que nunca comparten con los demás. La Palabra de Dios debería cambiarnos y, a la vez, tener un efecto en los demás cuando atendemos sus necesidades.

Si no tenemos cuidado, podemos ir por la vida con los ojos vendados, olvidando que las personas que nos rodean están sufriendo. Algunos cristianos se apresuran a decir: “Bueno, yo no tengo el don de la misericordia; por tanto, esto no se aplica a mí”. Pero los creyentes no están exentos de la responsabilidad de las prácticas espirituales, y todos los hijos de Dios deberían estar creciendo en este aspecto.

Para lograrlo, tenemos que ver la situación de los demás desde la perspectiva de ellos y sentir sus emociones. Las personas que están sufriendo reconocen si nuestros intentos de consolarlas son simplemente palabras huecas o un interés sincero que fluye de un corazón comprensivo. Nosotros reconocemos cómo podía el Señor Jesús ministrar con compasión genuina. Después de todo, Él es Dios. Pero, ¿cómo vamos nosotros, personas comunes y corrientes, a ministrar a los demás de la manera que Él lo hacía?

El valor del sufrimiento. Uno de los métodos más sorprendentes y efectivos para desarrollar la empatía en nosotros es por medio de nuestro sufrimiento. Segunda a los Corintios 1.3, 4 dice que Dios es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”.

Aunque a nadie le gusta sufrir, ¿quién mejor para establecer lazos de simpatía con una persona que está sufriendo, que alguien que ha pasado por un valle oscuro y salido adelante? Porque hemos tenido una experiencia dolorosa parecida, podemos asegurar a otros que el Señor es bueno en cada situación. Todos los que deseemos ser usados por Dios, tenemos que someternos al sufrimiento y reconocer que la facilidad, la comodidad y el placer no son sus únicos planes para nuestra vida. Él nos salvó para que ayudemos a los demás, y sentir empatía con ellos es una parte integral de ese llamamiento.

Reconocer a los necesitados. Si vamos a ser efectivos al expresar empatía, tenemos primero que reconocer la condición emocional y espiritual de quienes estamos tratando de ayudar. Si andamos en el Espíritu, viviendo sometidos a su autoridad, Él nos dará el discernimiento espiritual para ver a las personas y sus situaciones desde su perspectiva. El Espíritu nos dará compasión por los que sufren y ayudará a amar a quienes no se hacen querer.

Parte de ver a las personas como Dios las ve es reconocer su futuro potencial. Cuando Cristo miraba a las personas, no veía solamente a quién estaba delante de Él, sino también en lo que podría llegar a ser. Por ejemplo, cuando se encontró con Pedro, el pescador, vio a un líder de su iglesia. También reconoció que Saulo, el perseguidor, se convertiría un día en el Pablo del evangelio. Es por eso que nunca debemos etiquetar a nadie. Algunas veces, saber simplemente que alguien ve el potencial que hay en ellas, puede sacar a las personas de la desesperanza y motivarlas a convertirse en fuerzas poderosas en el reino de Dios.

Acercarse para ayudar. Para animar a los demás tenemos que acercarnos en persona. Muchas veces, tratamos de conectarnos con los demás por medio de mensajes de texto, correos electrónicos o incluso llamadas telefónicas. Pero nada puede sustituir la efectividad de una interacción personal cara a cara. Solo así podremos ver la expresión fácil y el lenguaje corporal que revelan lo que está sucediendo en el corazón. Cuando Jesús se acercaba a las personas, se conectaba con ellas mentalmente para formarse un juicio sobre su condición; emocionalmente, para mostrarles compasión; y físicamente, para aliviar su sufrimiento.

Estar preparados para dar. Después, tenemos que estar preparados para suplir las necesidades de quienes están atravesando dificultades. No obstante, esto requiere gran discernimiento espiritual, porque la necesidad más obvia pudiera no ser la más importante. Algunas veces parece que la respuesta compasiva sería aliviar el dolor de las personas o ayudarlas a salir de una mala situación. Pero, a veces, Dios tiene el propósito de hacer algo en sus vidas por medio de la prueba.

Cuando Jesús estaba en la región de los gadarenos, se encontró con un hombre poseído de demonios, cuyo aspecto y conducta podían haber parecido el mayor problema (Lc 8.26-35). Estaba desnudo, cubierto de heridas y gritando salvajemente. Si Jesús hubiera atendido las necesidades inmediatas del hombre, vistiéndolo, pidiéndole que se sentara tranquilamente para comer y conversar en cuanto a lo que lo estaba molestando, habría sido un caos. Y lo que es peor, el hombre se habría quedado en su desesperada condición. Pero Jesús lo encontró en el momento de su necesidad más grande: la de liberación espiritual. Después de expulsar a los demonios todo lo demás se arregló. Al igual que Cristo, tenemos que recordar que nuestras buenas intenciones de hacer sentir mejor a las personas pueden, en realidad, ser un estorbo.

Utilizar las dificultades. Todos hemos experimentado situaciones cuando nuestras necesidades fueron tan abrumadoras que lo único que pudimos hacer fue pedir ayuda. Pero, una vez que hayamos pasado por el sufrimiento y recibido su consuelo, Él quiere que consolemos a los demás, completando así el ciclo de 2 Corintios 1.3, 4. Después de ayudar a una persona a atravesar un valle oscuro, el paso siguiente es animarla a utilizar ese sufrimiento para ayudar a alguien más. Eso fue lo que Jesús hizo después de liberar al hombre poseído de demonios. Le dijo: “Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo” (Lc 8.39).

Invertir en las vidas de los demás no siempre es fácil. Se requiere tiempo y energía, pero Cristo promete en Lucas 6.38: “Dad, y se os dará”. El Señor multiplicará cualquier cosa que usted dé para servirle a Él. Si sacrifica su tiempo para ayudar a alguien, el Señor le dará el tiempo que necesite para cualquier otra cosa que Él sabe que debe hacer. Si ministrar a alguien le deja emocionalmente agotado, Él promete renovarle. Darnos a los demás no es una vida de privaciones sino de crecimiento espiritual, gozo y satisfacciones.


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La vida cristiana victoriosa

Cada vez me convenzo más de que nunca veremos un avivamiento en nuestros países a menos que los cristianos cumplan con ciertos requisitos bíblicos para el avivamiento. Las grandes multitudes que se reúnen, la maravillosa colaboración de las iglesias, las puertas que se abren para ministrar, son sin precedentes; todas son pruebas de que Dios se está moviendo. Pero el avivamiento arrasador que muchos cristianos han anhelado, y por el cual han orado, aún no ha llegado, aunque hay evidencias de que podría estar preparándose.

Cuando Dios mira desde el cielo y ve el estado actual de la fe cristiana en los Estados Unidos, creo que debe de sentirse apenado. Miles de cristianos han dejado su primer amor; otros no son ni fríos ni calientes. Como Dios le dijo a la iglesia de Laodicea: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17, RV60).

La iglesia en los Estados Unidos está bien organizada. Parecería que hay fondos ilimitados disponibles. Por todos lados se levantan nuevos edificios de iglesias. Parece que no nos falta nada, pero no puedo dejar de escuchar, una y otra vez, las mismas palabras ardientes que penetran en nuestra alma: “…no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. Ha llegado el momento de llamar a los cristianos al arrepentimiento.

La Biblia enseña que hay tres clases de personas. Primero, el hombre o la mujer natural. Al respecto dice: “Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14, RV60). La Biblia enseña que cada ser humano que nace en el mundo, nace en pecado y es, por naturaleza, hijo de ira. Todos estamos separados de Dios y totalmente desvalidos, aunque esta persona natural suele ponerse una careta de religiosa y esforzarse por agradar a Dios por sus propios medios. Las personas naturales pueden orar e ir a la iglesia. Quizá sean religiosas, pero su religión suele ser una religión de obras: de “vivir una vida correcta”, de esforzarse por hacer las cosas lo mejor posible.

La Biblia enseña claramente que ninguno de nosotros puede mejorar nuestra naturaleza caída. Por nosotros mismos, con nuestras fuerzas y a partir de nosotros, no podemos agradar a Dios. Por mucho que oremos, por muchas obras buenas que hagamos, no podemos llegar a ser aceptables a los ojos de Dios. La persona natural puede ser culta, capaz, educada, refinada y—según el desarrollo de sus dones naturales—un magnífico espécimen humano. Pero la persona natural es, según la Palabra de Dios, totalmente incapaz de conocer o comprender las cosas de Dios. Hay solo una cosa que los hombres y las mujeres naturales pueden hacer: arrepentirse de sus pecados y aceptar por fe a Jesucristo.

Segundo, hay un grupo llamado los cristianos carnales. El apóstol Pablo dice en 1 Corintios 3:1: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo” (RV60). Los cristianos carnales son personas que continuamente contristan al Espíritu Santo con su carácter, su susceptibilidad, su irritabilidad, su falta de oración o su amor a sí mismos. Estas son señales de carnalidad, de una condición de “niños en Cristo”. Estas personas viven una vida mundana.

Tercero, están los cristianos espirituales. La persona en la que mora el Espíritu Santo, dice la Palabra de Dios, entiende la verdad espiritual. Los hombres o mujeres espirituales quizá no tengan estudios universitarios, pero pueden saber más de Dios que un profesor no regenerado o un líder teológico no santificado ni consagrado. Para el cristiano espiritual se abre todo un espectro de conocimiento espiritual del que este mundo no sabe nada y del que el cristiano mundano solo puede tener una muy vaga idea.

La pregunta que se nos plantea es: ¿cómo puede el cristiano carnal convertirse en un cristiano espiritual?

Quizá hubo algún tiempo en que usted era un cristiano espiritual. Aún conservaba su primer amor; su corazón ardía de amor por Dios. Pero algo sucedió en el camino; algo ha perturbado su relación con Dios, y usted ya no tiene el gozo, la paz y el entusiasmo que alguna vez tuvo. No se toma el tiempo para leer la Biblia. Sus tiempos de oración son escasos. Su interés en las cosas espirituales se ha desvanecido, y sin embargo, siente una gran hambre de Dios, un ansia de su alma por el gozo y la victoria que ha visto en las vidas de otros. Usted quiere tener ese gozo en su alma, tener esa emoción en su corazón. Quiere volver a conocer el poder de la oración.

La Biblia enseña que podemos tener una gloriosa victoria diaria. La Biblia dice: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia” (Romanos 6:14). Pablo escribió en Romanos 7:24: ¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?”. Y luego responde su propia pregunta: “¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” (Romanos 7:25).

En Romanos 8:2 leemos: “Pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”. Y en 1 Corintios 15:57: “¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!”.

Desde el punto de vista divino, un cristiano vencido es algo anormal. Son miembros paralizados del Cuerpo de Cristo. Apartarse y ser carnal no solo es inexcusable; también es incompatible con la experiencia cristiana normal. Son estados que producen un régimen de contradicción. Dado que el Cristo vivo habita dentro de cada uno de los que lo ha aceptado como su Salvador, no hay jamás ninguna razón para la derrota. ¡No hay enemigo demasiado poderoso para Cristo! ¡Toda tentación puede ser resistida!

Si usted, siendo cristiano, es vencido por el enemigo, la explicación más sencilla es que le ha negado a Cristo el lugar de supremacía que le corresponde en su corazón. El destronamiento de Cristo siempre produce fracaso en la guerra espiritual. Es Cristo, y solo Cristo, quien puede darle una vida victoriosa diaria, continua.

No obstante, la Biblia enseña que cada cristiano tiene tres enemigos. El primer enemigo con el que debemos contender es el mundo. Ahora bien, “el mundo” significa este mundo malvado presente, el gran sistema del mal que nos rodea. Es todo lo que está a nuestro alrededor y tiende a hacernos pecar. Pueden ser las personas malas de este mundo, o las cosas de este mundo.

Ciertas cosas de la vida cotidiana no son pecaminosas en sí mismas, pero pueden llevarnos a pecar si abusamos de ellas. Abuso significa, literalmente, ‘uso excesivo’ y en muchos casos, el uso excesivo de cosas legítimas lleva a pecar. Pensar sobre las necesidades de la vida y ocuparse de la familia es esencial. Pero esto puede degenerar en ansiedad, y entonces, como Cristo nos recuerda, los cuidados de esta vida ahogan la semilla espiritual en el corazón (Marcos 4:19). Ganar dinero es necesario para la vida diaria. Pero el afán de ganar dinero puede degenerar en amor por el dinero, y entonces, el engaño de las riquezas entra y arruina nuestra vida espiritual. La Biblia amonesta: “No amen al mundo ni nada de lo que hay en él” (1 Juan 2:15).

El segundo enemigo del cristiano es la carne. Pablo dijo: “Yo sé que en mí, es decir, en mi *naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo” (Romanos 7:18). La Biblia enseña que la carne es la naturaleza humana caída. Es el principio corrupto del pecado, la naturaleza humana que los hombres y las mujeres naturales han heredado de sus progenitores caídos. Es el punto donde se inician esos horribles pecados que tan fácilmente arruinan el gozo del cristiano y su testimonio. Los pecados del mal temperamento, la irritabilidad, el mal humor, la envidia, el orgullo, el egoísmo, la falta de perdón, la ansiedad y la preocupación, la brusquedad, las quejas, la crítica, la lujuria; todas estas cosas son características de la carne.

El tercer enemigo del cristiano es el diablo, a quien Pablo llama “el que gobierna las tinieblas” (Efesios 2:2). La Biblia enseña que el diablo es una persona real. Su objetivo es derrotar la voluntad de Dios en el mundo, la iglesia y el cristiano. Es el incansable enemigo del alma. Debe ser enfrentado y vencido. Gracias a Dios, porque por medio de la victoria de Jesús en la cruz, este poderoso enemigo ha sido total y finalmente aniquilado. Un día, todo el mundo verá la total consumación del triunfo de Cristo. Mientras tanto, Satanás está muy ocupado en el mundo; a veces, presentándose como ángel de luz (vea 2 Corintios 11:14), y otras, como león rugiente buscando a quién devorar (1 Pedro 5:8).

Estos, entonces, son nuestros tres enemigos: el mundo, la carne y el diablo. La actitud del cristiano ante estos tres se resume en una palabra: renunciar. No debe haber negociación, ni concesiones, ni dudas. La renuncia absoluta es el único camino posible para que el cristiano tenga victoria en la vida. Si usted es cristiano, no hay excusa para no tener victoria diaria en su vida renunciando al pecado y permitiendo por fe que el Espíritu Santo tenga el control de su vida.

Y si usted es aún una persona “natural”, es decir, si nunca ha conocido el gozo y la paz que da Jesús, puede recibir el perdón si se aparta de su pecado y acepta por fe a Cristo como Señor y Salvador. Usted puede conocer la paz con Dios que solo Cristo puede dar. ¿Por qué no acude a Él ahora mismo?


Asociación Billy Graham



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Próximos Días de Gracia
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Juntos presentamos nuestras ofrendas de gratitud al Señor, con alabanza en nuestros labios.

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