Que tán grave es el Suicidio

Soy soltera y joven. Trabajo en una compañía importante y recibo un buen salario, pero en mis frustraciones muchas veces he pensado en el suicidio. Dígame, ¿es pecado mortal pensar en suicidarse?

El Pastor Luis Palau responde:

Los problemas de la vida a veces nos parecen imposibles de resolver. La pobreza, la enfermedad, las tensiones familiares, la traición de amigos, la falta de amor, etc. son amarguras que nos hacen violentos a algunos, pasivos a otros, cínicos, perezosos, apáticos o desesperados al punto del suicidio.

Pero el suicidio es un pecado tan grave como el asesinato. ¿Por qué? Porque la vida es un don de Dios, y nadie tiene derecho a destruir ni su propia vida ni la ajena por mero impulso, pasión, o frustración personal. La Biblia dice:

"Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó" (Génesis capítulo 1). Esa es la dignidad del ser humano. Una dignidad increíble, digamos que a la altura de Dios.

Rechace inmediatamente esta tentación de suicidarse. Satanás quiere destruir su vida espiritual y física. La Biblia afirma que "el ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir" (San Juan capítulo 10). Satanás destruye hogares, corazones, amistades, esperanzas. Pero Jesús agregó:

"Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia" (San Juan capítulo 10).

¿Ya recibió usted a Cristo por la fe en su corazón? Si no lo ha hecho, decídase ya mismo. Si Cristo controla su vida internamente, su vida será abundante y satisfactoria y nunca pensará en el suicidio porque Cristo llena el corazón.

Por eso dice el apóstol Pablo en su carta a los Gálatas capítulo 5: “El fruto del Espíritu Santo es gozo”. Cuando en el corazón hay gozo, no puede haber frustración que lo impulse a uno a quitarse la vida. Dios quiere utilizar su vida, señorita, para bien de la humanidad y también para la gloria de Dios.

Al servir a otros con el amor que Cristo genera en el corazón, su vida cobrará significado y valor, porque cuando el individuo busca el bien de los demás, inconscientemente también se beneficia a sí mismo.

Con Cristo en su corazón, usted podrá confrontar sin temor a las personas que le han acarreado problemas y frustraciones. Jesús dice en San Marcos capítulo 5: “No temas, cree solamente”.

Deseo recomendarle lo siguiente:

Primero, que reciba a Cristo en su corazón.

Segundo, que dedique media hora diaria para hablar con Dios por medio de la oración.

Tercero, que cada día lea la Biblia, una buena porción de la Palabra de Dios para así empaparse de los pensamientos de Dios.

Cuarto, busque alguna persona madura en Cristo; ábrale su corazón, consulte con ella.

Si vive controlada internamente por Cristo, El quitará de su mente la idea del suicidio y llenará su ser de gozo y esperanza.


Ministerio Evangelístico Luis Palau



La oración que nos cambia

Durante años, estuve convencido de que yo siempre tendría una vida de oración pésima. Después de ser cristiano por más de dos décadas, oraba con poca frecuencia y por cosas al azar, si es que lo hacía. Pero sabía que Jesús nos había dado el ejemplo de cómo debía ser la vida de oración, y que la mía necesitaba cambiar. Decidí, entonces, que las semanas previas al Domingo de Resurrección le haría frente a la situación. Me dispuse a utilizar esos días para disciplinarme y aprender de las oraciones de otros, y comenzar el día hablando con el Señor. ¿Cuál fue la decisión más difícil? Escoger las oraciones que utilizaría.

Usar una oración escrita puede parecer un ritual vacío, pero la práctica tiene una rica historia en la iglesia. Los salmos son, esencialmente, oraciones a las que se les puso música, y el Padrenuestro sigue siendo utilizado en las iglesias, tanto por su contenido como por ser un modelo para comunicarse con Dios. Debido a que yo quería ampliar y profundizar mi vida de oración, modifiqué una oración escrita por Pacomio, un cristiano del siglo IV, por su énfasis en la Trinidad, y utilicé las oraciones del texto The Valley of Wisdom (El valle de la sabiduría).

Después de hacer un plan, puse la alarma del reloj y me fui a dormir sintiéndome esperanzado. El primer día, a las 5:30 de la mañana, salí de la cama y murmuré soñoliento la oración que había elegido para comenzar la rutina de la mañana. Más tarde, al terminar ese primer día, sentí que volvía un poco de mi viejo desánimo, porque mi “vida de oración” parecía estar muy separada de todo lo demás que yo hacía.

Ese patrón continuó durante la semana, pero en el séptimo día comencé a ver algunos cambios. Comencé a esperar ansiosamente que sonara la alarma. También me veía a mí mismo, a la oración, y al propio Jesús de una manera más clara. Al acudir al Nuevo Testamento, me di cuenta de que lo que estaba experimentando era lo que nos sucede cuando tenemos un encuentro con Jesús y nos ponemos en sus manos con un corazón humilde: el Señor transforma nuestra vida, suple nuestras necesidades, y nos comisiona para proclamar su nombre y su reino eterno.

Pensemos en Pedro, conocido tradicionalmente como un pescador rudo e impetuoso. Cuando se encontró con Jesús, algo cambió tan repentinamente en él que dejó sus redes —probablemente un negocio familiar por varias generaciones —para seguir al Maestro. Uno de sus primeros encuentros con Jesús tuvo lugar después de una noche de pesca infructuosa. A instancias de este carpintero de Nazaret, Pedro se aleja de la costa para lanzar por última vez las redes. Cuando la embarcación casi se hunde bajo el peso de los peces, Pedro se ve a sí mismo —y a Jesús— más claramente que nunca. “Apártate de mí, Señor”, le dice, “porque soy hombre pecador” (Lc 5.8). Pero Jesús llama a Pedro a seguirle, y le promete que él más bien “pescará” hombres.

Encontrarnos con Jesús en oración debe inspirarnos a vernos a nosotros mismos como se veía Pedro. La oración genuina requiere primero el reconocimiento de que la situación es sombría, y de que somos peores de lo que pensábamos. No venimos al Señor en nuestra mejor condición, necesitando ser transformados para llegar a la meta. Es decir, tenemos la desesperante necesidad de ser rehechos y moldeados de nuevo por Aquel que nos hizo, para empezar. En mi experimento, descubrí que yo estaba comenzando a verme a mí mismo con la claridad de Pedro, gracias al Salmo 51. Este salmo, que está incluido en la oración de Pacomio, comienza con David clamando por misericordia por su pecado con Betsabé. La porción más conocida es la petición que hace David de ser renovado, y encontré que su ruego —“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio” (v. 10)— resonaba en todas mis reuniones y tareas diarias.

Así como lo hizo con Pedro, el Señor nos busca algunas veces de manera específica. En otras, encontrarse con Él requiere perseverancia de nuestra parte. Por ejemplo, cuando cuatro hombres trajeron a su amigo paralítico a Jesús, descubrieron que Él estaba más allá de su alcance. Pudieron haberse regresado a sus casas, o pudieron haber esperado un día más. Pero, en vez de eso, llevaron a su amigo al techo, hicieron un agujero, y lo bajaron al interior de la casa. La reacción de Jesús no fue de enojo, sino de compasión: “Hombre, tus pecados te son perdonados” (Lc 5.20). Después de esto, Él también demostró su autoridad curando la parálisis del hombre. La tenacidad de esos hombres para llegar a Jesús tuvo un impacto permanente en todos los que estaban allí. Eso pudiera también ilustrar algo importante en cuanto a la oración: No necesitamos llevar solos nuestras cargas. Para un solo hombre, llevar a su amigo a Jesús habría sido muy difícil, pero cuatro hombres compartieron la carga y se animaron unos a otros en el camino. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros”, escribe Pablo (Gá 6.2). Podemos hacer esto fácilmente cuando hablamos al Señor en favor de otros.

Como todas las disciplinas espirituales, la oración es una práctica, pero no en el sentido de algo que se haga esporádicamente. La raíz griega depráctica significa simplemente “hacer”. Y, como cualquier ejercicio, al orar una y otra vez aprendemos la naturaleza esencial de la oración. No se trata simplemente de una práctica diaria; Jesús es el único que fue capaz de tener una vida intachable. Nosotros, también, estamos llamados a tener esa vida, y lo hacemos en parte cuando oramos.

Hace poco llevé mi hijo al médico. En la sala de chequeos, la enfermera hizo una señal para que se dirigiera hacia una mesa, que tenía un estribo. La mesa no está hecha para la comodidad o conveniencia del paciente, sino para dar al médico la mejor posición para examinar y tratar el paciente.

La oración se parece un poco a ese estribo que mi hijo utilizó para subir a la mesa. Lo usamos para subir a la mesa, para que el Gran Médico pueda realizar el chequeo espiritual en nosotros, que solamente Él es capaz de hacer. El pasaje de la Biblia que promete que podemos mover montañas, a veces nos guía a ver a la oración como una clase de teléfono para emergencias que nos garantiza resultados por la acción. Sin embargo, el único resultado garantizado por la oración, es una persona transformada. La oración produce milagros en las personas, y el resultado ayuda a la persona a entender que debe buscar la gloria de Dios en vez de la suya propia.

Hablar con Dios es un medio, no un fin. Pero ¿un medio para qué? Pensemos en cómo el encuentro con Jesús en Marcos 10.47 demuestra la manera como la oración puede llevarnos a Dios, poniéndonos bajo su misericordia. Bartimeo clamó: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” El clamor del ciego —su oración— lo trajo a Jesús, de quien recibió la vista. A medida que avanzaban las semanas, llegué a reconocer que la oración estaba haciendo lo mismo en mí. Ella no solo estaba abriendo mis ojos, sino también sanándolos. Comencé a ver mi falta de oración como lo que era realmente: orgullo. Era arrogante en mi autosuficiencia. Había estado enfocado en lo que consideraba más importante. Pero esa oración diaria me obligaba a confrontar las mismas cosas cada día: la soberanía de Dios y mi impotencia; mi pecaminosidad y la misericordia de Dios; mi dureza de corazón y el gran amor de Dios.

Juan Wesley escribió: “Dios no hace nada sino en respuesta a la oración, y lo hace todo con ella”. Después de varias semanas, experimenté esa verdad. Había comenzado mi peregrinación con la esperanza de que Dios cambiara mi vida de oración y que le diera una mejor estructura y más frecuencia. Sí, ambas cosas sucedieron, pero no de la manera que yo esperaba. Mis oraciones me llevaron a Jesús, quien, como un gentil artesano, cambió mis oraciones al cambiarme primero a mí.


En Contacto



Esperanza más allá del dolor

Recibí la llamada una fría tarde de febrero. Mi padre dijo: “Hijo, pienso que tu madre se ha ido.” La noticia me tomó completamente por sorpresa. “¿Se ha ido? ¿Quieres decir que ha muerto?” pregunté. “Sí, pienso que ha muerto.”

Corrí al departamento de mis padres en Dallas. Mi hermana había llegado antes que yo y estaba hablando con mi padre cuando llegué. Mi madre estaba inmóvil en el sofá donde se había acostado para tomar una siesta y, en algún momento mientras dormía, exhaló su último suspiro.

Eso fue en 1971. Ella tenía sólo 63 años. No estoy seguro de qué fue lo más difícil; perder a mi madre tan repentinamente o ver a mi padre morir lentamente los siguientes nueve años. Pienso que fue esto último. Él vino a vivir con nosotros durante ese tiempo, así que aprendí mucho en cuanto a la aflicción; cuán necesario es para sanar, y sin embargo cuán fácilmente puede convertirse en su propia muerte lenta.

Estoy convencido de que nadie se recupera por completo de una pérdida sin permitirse sentir y expresar su aflicción por completo. Sin embargo la aflicción de una persona no es la de otra. He visto a algunos pasar más allá de una pérdida significante en cuestión de semanas, en tanto que otros requieren muchos, muchos meses. El tiempo que dura la recuperación de una persona no dice nada en cuanto a su espiritualidad. El proceso de duelo es tan individual y único como una huella dactilar. Quiero ser claro en eso antes de que usted siga leyendo.

En tanto que afligirse es parte de nuestro proceso integral para sanar, también es posible que una persona cultive y alimente su aflicción, al punto de mantenerla viva como si fuera su mascota. Con el tiempo, aquel individuo puede perder la perspectiva, descorazonarse, y de muchas maneras, morirse antes de morirse.

Mi madre era la chispa de la vida de mi padre. Ella inspiraba la diversión, la creatividad, y la risa y nuestra casa. Ella nos introdujo a la música grandiosa y nos animó a tocar instrumentos y a cantar. Si mi padre tenía alguna alegría o deleite en la vida, la mayor parte vino de ella. Así que cuando mi madre murió primero, era como si se hubieran apagado la luz de su vida. Él no tenía pasatiempos, muy pocos amigos, y ningún interés aparte de ver televisión. Nunca leyó mucho. Su mundo se reducía al estrecho radio de habitaciones en nuestra casa, preferiblemente con las cortinas bajadas y la puerta cerrada. Sin embargo, no le permitimos que se quedara así. Como familia hicimos lo mejor que pudimos para ayudarle a hallar vida después de la muerte de mi madre, pero nada pareció reemplazar la chispa de ella.

Abrazar la tristeza es necesario para que haya sanidad. Igualmente importante es la decisión de poner fin a la aflicción. Nadie puede apurar el proceso de afligirse, pero es vital que entremos en el mismo con la determinación de que un día debe acabarse. Por eso debemos buscar maneras específicas para asegurarnos de que el proceso de sanar no se demora más de lo necesario.

Habiendo enfrentado mi propia porción de tragedia y aflicción con el correr de los años, he hallado dos perspectivas útiles. Una es mirar al pasado, y la otra es mirar al futuro; en otras palabras, una reflexión saludable en el dolor y una expectativa deliberada de la esperanza que con certeza vendrá. Hallo que llevar un diario es el mejor lugar para hacer eso. De hecho, es tan eficaz que muchos consejeros en la aflicción les recetan a sus clientes llevar un diario.

Miro hacia atrás al leer los diarios que he llevado con el correr de los años. Esto a menudo me ayuda a ver un patrón consistente de la fidelidad de Dios en pruebas antiguas, lo que me da confianza de que cualquier nueva lucha que enfrento puede ser igual de difícil e igual de temporal. Como resultado, me hallo soportando el dolor con mucho menos temor. Llevar un diario me ha equipado para afligirme por las inevitables rupturas de corazón que vienen, grandes y pequeñas, sin volver a abrir las heridas.

Miro hacia adelante al tomar decisiones —resoluciones, si quiere decirlo— en cuanto a cómo voy usar mi prueba actual en el ministerio futuro. Viktor Frankl hizo esto durante su lucha para sobrevivir los horrores en un campamento nazi de muerte. Se imaginaba cómo su odisea pudiera ser útil al ejercer y enseñar psicología después de la guerra, aunque no tenía ninguna razón para esperar que sobreviviera.

Me disgustó el estado de los asuntos que me obligaban, a diario y hora tras hora, a pensar sólo en cosas tan triviales. Obligué a mis pensamientos a pasar a otro tema. De repente me vi de pie en la plataforma de un aula bien iluminada, abrigada y agradable. Frente a mi estaba sentado un público en asientos tapizados cómodos. ¡Yo estaba dando una conferencia sobre la psicología del campamento de concentración! Todo lo que me oprimía en ese momento se volvió objetivo, visto y descrito desde el remoto punto de vista de la ciencia. Por este método triunfé de alguna manera para elevarme por encima de la situación, por encima de los sufrimientos del momento, y observarlos como si ya fueran pasado. . . . El prisionero que había perdido fe en el futuro —su futuro— estaba condenado.1

La determinación de usar las luchas actuales para un mejor futuro me da un sentido de dominio sobre las circunstancias que de otra manera se volverían opresivas. Pablo echó mano fuertemente de la experiencia personal al afirmar que, debido al Espíritu Santo, ninguna prueba jamás lo doblegaría.

Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado (Romanos 5:3-5).

He hallado que la determinación de actuar en la oscuridad de hoy me ayuda a apropiadamente en la esperanza que las Escrituras prometen conforme avanzo hacia un mañana más brillante.

Los que están atravesando una tragedia a menudo necesitan ayuda para avanzar más allá del dolor. Tal vez no tengan la capacidad de ver la esperanza más allá de la herida. A menudo necesitan la perspectiva saludable de un ser querido. Tal vez necesiten que alguien les haga recordar las ocasiones pasadas cuando Dios demostró su fidelidad. Es más, tal vez tengan que depender de la imaginación de otros a fin de concebir un futuro más allá de su dolor. Muchos que están sufriendo tal vez no consideren procesar sus pensamientos en un diario durante el proceso de sanar sin que alguien estimule su corazón.

Pregúntese:

    ¿Hay alguien que conozco que tal vez esté llevando una carga gigantesca de aflicción sobre sus hombros?
    ¿Hay alguien que está llegando a un hito o a una transición significativa en la vida y que pudiera utilizar mi ayuda para adquirir una perspectiva saludable?
    ¿Quién pudiera estar en el umbral de un futuro muy retador?

Tal vez este amigo o ser querido no ha pensado en detenerse y marcar el momento. Con un vistazo al pasado y una mirada realista al futuro, tal vez usted puede ayudarle a ver la esperanza más allá de su dolor presente. Pudiera ser el mejor regalo que él o ella reciben todo el año.

Visión para Vivir



Dios hace que todo ayude para bien

Los cristianos no niegan que hay muchísima maldad en el mundo. Ni siquiera niegan que hay muchísima maldad en ellos. Sin duda usted puede identificarse con la confesión de Pablo en Romanos 7:19: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Él exclama: “¡Miserable de mí!” (7:24) Y confiesa: “en mi carne, no mora el bien: (7:18). Así que Romanos 8:28 no dice que no haya nada malo. Dice que aun lo que es malo en nosotros puede obrar para bien.

Observe que el versículo no dice que las cosas por sí mismas obran para bien. Eso es lo que el mundo piensa: Que las “cosas les ayudan a bien”. Pero los mejores manuscritos griegos de este versículo ponen en claro que el sujeto de la oración no es cosas sino Dios: “Sabemos que Dios hace que todas las cosas obren para bien”.

Eso nos señala un elemento muy importante del carácter de Dios. Podemos llamarlo la soberanía de Dios. Esa es su autoridad y su poder supremo sobre todos los asuntos de la vida, para producir por ellos sus propios buenos propósitos. También la pudiéramos llamar la providencia de Dios. Es decir, la forma maravillosa en que Dios toma todas las vicisitudes de la vida, todas las contingencias, todas las decisiones, todas las cosas buenas, malas e indiferentes y las entrelaza para un buen propósito.  

Esa promesa no es para todo el mundo. Dios no dice que todo obrará para bien para todas las personas en el mundo. Esa es una promesa hecha solamente para quienes aman a Dios, quienes han sido llamados a la salvación. No todo en su vida será bueno pero todo en su vida obrará por la soberana providencia de Dios.  

Pudiera no ver eso en este momento pero cada sufrimiento, cada tentación, cada prueba, incluso cada pecado, Dios los teje en un tapiz que al final es para su bien. A veces mirar su situación es como mirar la parte de atrás de una alfombra oriental. Lo único que puede ver es un montón de hilos que van en todas direcciones. Parece algo caótico. Pero si da la vuelta a la alfombra, puede ver un diseño maravilloso. Cuando se le dé la vuelta a su vida algún día en la eternidad, usted verá el diseño. Verá cómo Dios hizo que todas las cosas obran para bien...

Aún en nuestras pruebas y tentaciones, Dios está obrando para bien. ¿Le sorprendió que yo dijera que incluso Dios hace que nuestros pecados obren para bien? Cuando veo pecado en mi vida, Dios usa esos tropiezos para aumentar mi aversión por el pecado. En cuanto a la vida venidera, Dios está obrando en todos los aspectos de nuestra vida presente a fin de producir una recompensa eterna que disfrutaremos por siempre en su presencia.

No espere que todo en la vida sea bueno. Eso no sucederá. No espere que todo en usted sea bueno. Eso tampoco sucederá. Pero lo que sí puede esperar es esto: Dios tejerá todas las cosas a favor de sus amados hijos para producir un buen resultado, ahora y por toda la eternidad.


Gracia a Vosotros



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Encuesta

¿Qué circunstancia mayormente cree que afecta su fé en Dios?

Sinceramente, ninguna situación - 31.1%
Enfermedades y sufrimiento familiar - 25.7%
Falta de comunión en la Congregación - 13.5%
Incomprensión de mi familia no cristiana - 10.8%
Mala situación económica y trabajo - 12.2%

Votos totales: 74

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