¿Por qué permite Dios el sufrimiento?

¿Por qué permite Dios las tragedias? En 1976 estábamos en Guatemala cuando se produjo un terrible terremoto, y parecía que casi todo el país se estaba hundiendo. El presidente me preguntó si quería aparecer en televisión para explicar a la gente por qué Dios permitiría que una tragedia tan grande ocurriera a su país.

El 21 de noviembre de 1980, cuando el MGM Grand Hotel de Las Vegas se incendió, trajeron a los sobrevivientes al Centro de Convenciones, donde se estaban realizando las reuniones de nuestras Cruzadas. En una entrevista, el gobernador Robert List habló de los buenos tiempos en el MGM solo 24 horas antes. “Y cuán rápidamente”, dijo, “la música se ha detenido”.

Algún día, para todos ustedes, si no conocen a Dios, la música se detendrá. Habrá terminado. La Biblia dice que “está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio” (Hebreos 9:27).

La Biblia dice que Job perdió repentinamente toda su riqueza y sus hijos. Él no sabía que se estaba desarrollando una poderosa lucha espiritual. Satanás había acusado a Dios de hacer de Job su protegido y darle posesiones terrenales. El diablo dijo a Dios: “Si le quitas todas esas posesiones, te maldecirá y se alejará de ti”. Pero Dios contestó: “Puedes hacerle lo que desees, excepto que no puedes matarlo, y luego veremos” (ver Job 1:11-12).

Job no preguntó nunca por qué le estaban ocurriendo esas cosas. Lo más cerca que llegó fue cuando dijo: “Dime qué es lo que tienes contra mí” (Job 10:2). Job estaba compartiendo su agonía espiritual con el mismo Dios a quien él no podía entender.

El sufrimiento transmite varios mensajes a todos nosotros. El sufrimiento lleva un mensaje de misterio. La Biblia dice: “Grande es el misterio de nuestra fe” (1 Timoteo 3:16). Cuando me pidieron que explicara la tragedia del incendio en el MGM Grand Hotel, tuve que decir: “Hay un misterio en esta clase de tragedias. No sabemos la respuesta”. Y tal vez nunca la sepamos hasta que Dios nos explique todas las cosas.

Para los humanos, es un misterio por qué Dios creó la tierra. Es un misterio por qué puso personas sobre esta tierra. Pero Dios ha revelado respuestas a través de la Biblia y a través de la Persona de su Hijo, Jesucristo. En la Biblia usted encontrará las respuestas a las preguntas y los problemas de su vida.

Pero el hombre se rebeló contra Dios. El hombre dijo: “No te necesito, Dios. Puedo construir mi mundo sin ti”. Dios dijo: “Si tomas esa posición, sufrirás y morirás”. El hombre tomó esa posición, y comenzó a sufrir, y ha estado muriendo desde entonces. La muerte física es solo la muerte del cuerpo, pero el espíritu sigue viviendo. Si su espíritu está separado de Dios por la eternidad, se perderá para siempre.

La Biblia enseña que Satanás es el autor del pecado. El pecado es la causa de que tengamos sufrimiento, incluyendo la muerte. Todos nuestros problemas y nuestro sufrimiento, incluyendo la muerte misma, son producto de la rebelión del hombre contra Dios. Pero Dios ha provisto un rescate en la Persona de su Hijo, Jesucristo. Por ese motivo murió Cristo en la cruz. Por eso resucitó.

En el sufrimiento hay, también, un mensaje de compasión. Jesús dijo: “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me dieron alojamiento; necesité ropa, y me vistieron; estuve enfermo, y me atendieron; estuve en la cárcel, y me visitaron” (Mateo 25:35-36). Mientras el fuego avanzaba por el MGM Grand Hotel, vi equipos de emergencia, militares, el Ejército de Salvación, la Cruz Roja, médicos, enfermeras y personas que venían a donar ropa y alimentos. Vi la compasión en acción.

En el sufrimiento hay un mensaje de unidad. Los hijos mellizos de Isaac, Jacob y Esaú, habían estado discutiendo y peleando. Pero, cuando murió Isaac, fueron a enterrarlo. Por la muerte de su padre, los dos hijos se unieron.

Jesús oró, diciendo: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti” (Juan 17:21, RV60). Y así deberíamos ser como cristianos, uno en Cristo. Si hemos nacido a la familia de Dios somos hijos de Dios. Somos hermanos y hermanas.

El sufrimiento contiene un mensaje de consuelo. En 2 Corintios leemos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:3-4). Porque usted haya sufrido una tragedia, tendrá un mayor sentido de identificación con otras personas que sufren tragedias. Podrá comprenderlas en esa situación de sufrimiento. Porque hemos sido consolados a través de la Palabra de Dios, podemos a su vez consolar a otros.

¿Cuál debería ser nuestra actitud hacia el sufrimiento? Primero, debe ser de adoración. Deberíamos decir: “Oh, Dios, creo que Tú eres el gran y poderoso Dios. No entiendo todas las cosas que están ocurriendo en mi vida, pero, oh Dios, confío en ti”.

Segundo, debemos pedir a Dios que nos enseñe todo lo que quiere que aprendamos acerca de Él, acerca de nosotros, acerca de los demás y de cómo podemos ministrar a los que sufren.

Tercero, nuestra actitud en el sufrimiento debe glorificar a Dios. Las personas nos van a observar como cristianos. Preguntarán: “¿Cómo puede ser que Cristo está tan en control de su vida que pudo ayudar a los demás?”.

Jesús sufrió y murió por nosotros en la cruz, pero Dios lo levantó de los muertos. Jesucristo está ahora sentado a la diestra de Dios el Padre, y Él ve nuestro sufrimiento. Ve nuestra vida cada día y sabe exactamente dónde estamos parados.

La Biblia enseña que debemos ser pacientes en el sufrimiento. Eso es lo que más cuesta: ser pacientes, tener canciones en la noche. Las lágrimas se convierten en telescopios hacia el cielo, acercando un poco la eternidad.

Creo que hay en el sufrimiento, también, un mensaje de advertencia. El profeta Amós dijo: “¡Quedaron como tizones arrebatados del fuego! Con todo, ustedes no se volvieron a mí”, afirma el Señor. “Por eso, Israel, voy a actuar contra ti; […] ¡Prepárate, Israel, para encontrarte con tu Dios!” (Amós 4:11-12). ¿Está usted preparado para encontrarse con Dios?

¿Qué tiene que hacer para estar listo? Dios tomó la iniciativa al entregar a su Hijo, Jesucristo. Dios dice: “Yo te amo. Quiero perdonarte. Quiero que vayas al cielo”. Pero usted debe responderle. ¿Cómo responder?

Usted debe responder haciendo tres cosas. Primero, arrepentirse de su pecados. Diga: “Señor, soy un pecador. Quiero arrepentirme de mis pecados”. Esto involucra un cambio en la forma de pensar y de vivir. Jesús dijo: “A menos que se arrepientan, perecerán” (ver Lucas 13:3).

Segundo, usted debe recibir por fe a Jesucristo en su corazón. La fe significa un compromiso total. Significa que tiene que llevar su mente y sus emociones a Cristo por fe. Tiene que decir: “Señor, recibo a Jesucristo en mi corazón”.

Tercero, debe estar dispuesto a seguirlo y servirlo como discípulo. Eso significa leer la Biblia, orar y testificar. Eso significa amar: “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35). La característica de todo creyente es el amor. Dios nos da su amor, un amor sobrenatural. Esa es la razón por la que los esposos pueden amarse en una nueva dimensión cuando conocen a Cristo. Es la razón por la que padres e hijos pueden amarse de una nueva forma cuando acuden a Cristo.

Reciba a Jesucristo en su corazón como Señor, Maestro y Salvador. Sígalo y sírvalo de ahora en más. Usted puede saber que está preparado para encontrarse con Dios, no importa lo que traiga aparejado el futuro.


Asociación Billy Graham



Un llamado a la responsabilidad

Rendir cuenta no es un tema del que a la gente le gusta hablar. Valoramos nuestra independencia y la libertad de hacer lo que queremos a nuestra manera. Después de todo, ¿a quiénes de nosotros nos gustaría que otros se metieran en nuestra vida privada? Sin embargo, responsabilizarnos por nuestras acciones es la única manera de proteger nuestra libertad. Una mala comprensión de la libertad conduce a la pérdida de los derechos y, al final, el resultado es la esclavitud.

Esto es lo que el apóstol Pablo estaba tratando de advertir a los creyentes en Gálatas 5: "Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud" (v. 1). Los cristianos han sido liberados del poder del pecado. Por tanto, pueden escoger obedecer los impulsos del Espíritu Santo, en vez de ser esclavos del pecado. Tolerar el pecado en nuestras vidas es un uso indebido de nuestros privilegio, como nos lo advierte el versículo 13: "Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros".

La libertad en Cristo es un gran privilegio. Sin embargo, acarrea responsabilidad, ya que nuestras acciones, palabras y actitudes nos afectan, tanto a nosotros como a los demás. Rendir cuentas requiere responsabilidad, y por tanto nos motiva a vivir de acuerdo a nuestro llamamiento. Dios nos dio este regalo para protegernos de las decisiones impías que acarrean consecuencias dolorosas.

El principio de rendir cuenta ha exisistido desde la creación del mundo. En el huerto del Edén, Dios dio al primer hombre y a la primera mujer tres simples mandamientos: a cultivar el huerto, cuidarlo y abstenerse de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2.15-17). Después de decidir comer el fruto del árbol prohibido, Adán y Eva tuvieron miedo. Se escondieron del Señor (Gn 3.10) para no tener que dar explicaciones sobre su desobediencia. Pero, aun cuando fue confrontado por Dios, Adán trató de eludir su responsabilidad culpando a Eva, y ésta, a su vez, acusó a la serpiente.

La humanidad ha estado repitiendo este mismo patrón a lo largo de la historia. Nos resistimos a responder por nuestras acciones, porque no queremos enfrentarnos a la humillación de reconocer que fallamos. El orgullo nos motiva a tratar de ocultar de los demás y de Dios nuestras faltas, mientras que el miedo a las consecuencias nos lleva a ocultar los hechos y a culpar a otros.

El primer rey de Israel, por ejemplo, trató de justificar su desobediencia (1 S 15). Cuando el profeta Samuel confrontó a Saúl por no haber obedecido las instrucciones de Dios, mintió, diciendo: "Yo he cumplido la palabra de Jehová" (v. 13). Cuando Samuel sacó a la luz su evidente inconsistencia, Saúl presentó excusas. Al negarse a arrepentirse y hacerse responsable ante el profeta de Dios, perdió su trono y el reino (v. 26).

Creado para nuestra protección
Muchas veces salimos perdiendo por no escuchar las advertencias, e ignorar a Dios. Un amigo mío era un excelente pastor fundamentado en una sana teología. Pero alguien lo convenció de que la libertad en Cristo significaba poder hacer casi cualquier cosa que él quisiera. Yo le advertí varias veces que si seguía por ese camino resbalaría y su pastorado se vendría abajo. Pero no quiso escuchar, y como resultado perdió su ministerio.

Quienquiera que se niegue a rendir cuenta está caminando por un terreno peligroso. El diablo trabaja día y noche para devorar a los cristianos, arruinando sus vidas y testimonio. Las tentaciones están al acecho en todas partes, prometiendo placeres, que al final llevan a la desdicha y al pesar. El rey David descubrió esta dolorosa verdad. Pecó con Betsabé después de abandonar sus responsabilidades y aislarse de colaboradores que podrían haberlo ayudado a mantenerse en el camino correcto (2 S 11).

Pero a pesar de que se arrepintió después de la reprensión de Natán, las consecuencias lo siguieron durante el resto de su vida (2 S 12.1-14). Si queremos evitar el engaño del enemigo, tenemos que buscar relaciones con las que seamos mutuamente responsables. Esto requiere el compromiso de asumir responsabilidad por nuestras acciones, y la disposición de ser abiertos, honestos y vulnerables al compartir nuestras vidas con otros creyentes. Puesto que esto incluye reconocer las faltas y hacer las correcciones necesarias con humildad.

Aunque la responsabilidad cristiana en ocasiones implica confrontar el pecado, su objetivo principal es alentar y fortalecernos mutuamente en el andar cristiano. Saber que alguien se preocupa por nosotros, y se toma el tiempo para orar por nuestras luchas, pueden motivarnos a perseverar.

Cuando mi nieto fue a la universidad, se matriculó en el Centro de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva. Pero antes de que pudiera ser aceptado en el programa, tuvo que pasar una prueba física muy agotadora. Lo llamé por teléfono para hacerle saber que estaría orando por él. Cuando terminó la prueba, me llamó para decirme que el solo pensamiento de que estaba orando por él le había dado una explosión de energía, lo que le permitió salir mejor de lo que esperaba. El hecho de saber que lo amaba y que estaba pronunciando su nombre ante el Padre celestial, le inspiró a esforzarse al máximo.

Todos necesitamos esta clase de estímulo de las personas en nuestras vidas. En realidad, a todo creyente le beneficiaría tener un pequeño grupo de amigos que se comprometan a tener una relación abierta y honesta. Pero piense con cuidado a quienes incluye en su círculo. La confidencialidad es esencial, así que nunca escoja a un chismoso, o encontrará que sus secretos los sabrá todo el mundo. Y para evitar cualquier tentación, los hombres deben reunirse con hombres, y las mujeres con mujeres.

En mi vida, le rindo cuenta a un grupo de varios amigos y colaboradores. Ellos tienen mi permiso para señalar cualquier acción o actitud en mí que no sea coherente con la Palabra de Dios, y yo me reservo el derecho de hacer lo mismo con ellos. También vienen a mí para decirme si disciernen algo que puede ponerme en peligro. Estos hombres son como un muro de protección a mi alrededor, y estoy muy agradecido por ellos.

¿Quién responde a quién?
Aunque el principio de rendir cuenta se aplica en todos los ámbitos de la sociedad, esto comienza en el hogar. Primero, los esposos y las esposas son responsables mutuamente. Segundo, a los hijos se les debe enseñar a responder a sus padres, así como también a sus maestros y a otras figuras de autoridad en sus vidas; de lo contrario, se convertirán en adultos irresponsables.

Mi madre sabía exactamente cómo mantenerme bajo control cuando yo era un muchacho. A veces me preguntaba directamente "¿Dónde estabas?" Pero en otras ocasiones tenía esa tranquila y amorosa manera de conseguir directamente la verdad. Me decía: "Dime lo que quieres que yo sepa". Mamá sacaba de mí lo que deseaba saber, porque me motivaba a decirle la verdad.

Piense en la importancia de rendir cuenta en su trabajo. Yo no quisiera pasar sobre un puente con mi auto cuyos constructores no tengan que dar cuenta a nadie. Toda empresa necesita empleados confiables que lleguen a tiempo, se dediquen honestamente a cumplir sus horas de trabajo, y den lo mejor de sí mismos aunque nadie los esté observando.

El gobierno también está basado en la idea de que no podemos simplemente hacer lo que nos venga en gana, sino que debemos responder a la autoridad. Por ejemplo, hay que obedecer las leyes; y nos guste o no, hay que pagar los impuestos. Si es una nación democrática, los ciudadanos tienen entonces el privilegio adicional y el deber de votar a favor de legisladores que los representen. Además, Dios llama a los creyentes a vivir de manera que fortalezcan a su país, no que lo destruyan.

Por último, todos somos responsables ante Dios. Toda la humanidad estará delante de Él en el juicio final (Ap 20.11-15). Como cristianos, somos responsables ante el Señor por la forma en que vivimos, y un día estaremos ante el tribunal de Cristo para rendir cuenta de nosotros mismos (Ro 14.10-12).

El tiempo de prepararse para este encuentro es ahora mismo. Los creyentes tienen el privilegio de dar cuenta al Señor cada día. No se trata de un momento de humillación ante un Dios tiránico, sino de una oportunidad para pedirle cada mañana lo que Él quiere que hagamos. Él es nuestro amoroso Padre celestial, que nos ha dado preceptos para vivir, cuyo resultado serán la paz, el gozo y el contentamiento. El Señor se propone hacer algo bueno en la vida de sus hijos, y tenemos que dar cuenta a Él cada día para asegurarnos de que estamos andando en sus caminos.

Por eso, cada noche antes de dormir, repasemos nuestro día con Él. Imaginemos a Jesús sentado junto a nosotros evaluando las actividades del día. Presentémosle lo que hicimos, lo que no, nuestros éxitos y fracasos, y luego dejamos que Él nos apruebe, aliente o corrija. Aprendamos a ver nuestras actividades, actitudes y palabras a través de sus ojos, y apartemos tiempo para regocijarnos incluso por los más pequeños actos de obediencia.

Jesús enseñó en Mateo 25.14-30 una parábola acerca de nuestra responsabilidad ante Dios. Se refirió a un amo que confió sus bienes a tres de sus siervos antes de hacer un largo viaje. Cada uno recibió una cantidad de dinero conforme a su capacidad particular. Cuando el amo regresó, llamó a sus siervos para que dieran cuenta de cómo habían utilizado lo que les había dado.

Igualmente, cuando Jesús ascendió al cielo dejó a sus siervos en la tierra para que hicieran el trabajo de su reino. A cada uno de nosotros nos ha confiado sus recursos, y seremos llamados a rendir cuenta cuando Él regrese. A pesar de que los talentos en esta historia eran dinero, tenemos que pensar mucho más ampliamente en la aplicación que les demos. Todo lo que tenemos viene de Dios: dinero, tiempo, habilidades, etc. Cuando estemos delante de Cristo, seremos responsables de la manera como usamos lo que Él puso en nuestras manos. Los elogios del amo se basaron en la fidelidad de sus siervos, no en lo mucho que ganaron (v. 20-23). De la misma manera, Cristo juzgará a cada persona individualmente. Para los creyentes, este juicio no será de sus pecados, sino de su mayordomía. Puesto que Cristo llevó el castigo por nuestros pecados, éstos han sido perdonados y olvidados. El juicio que recibamos no será de condenación, sino de recompensas o pérdida de ellas (1 Co 3.10-15).

Cada día ofrece oportunidades para ser buenos mayordomos de lo que Dios nos ha confiado. Nuestro objetivo debe ser vivir de tal manera que podamos estar un día delante de Cristo, y escucharle decir: "Bien, buen siervo y fiel" (v. 21).


En Contacto



La fuerza que gobierna la vida

Hay tres tipos de vida en la tierra; las plantas, los animales y la vida humana. Cuando Dios los creó, también Él creó una fuerza que los gobierna a cada uno de ellos.

La vida vegetal simplemente tiene un cuerpo, y es gobernada por las estaciones. Génesis 8:22 dice: “Mientras la tierra exista, habrá siembra y cosecha, frío y calor, verano e invierno, y días y noches”. La vida animal tiene alma y cuerpo cuya fuerza gobernante es como el "CHIP" de una computadora al que llamamos "instinto". Cada animal está programado para comportarse de una manera determinada. Dios le dijo a Jeremías: “Aun la cigüeña en el cielo conoce sus estaciones; la tórtola, la golondrina y la grulla saben cuándo deben emigrar” (Jeremías 8:7).

¿Cuál es la fuerza que gobierna a los seres humanos? En el principio, Dios nos creó para ser habitados por Su Espíritu, el cual constituye la fuerza que rige a la humanidad. Pero después de la caída, Dios retiró Su Espíritu, y por lo tanto todos nacemos separados de Él. Si una planta pierde las estaciones del año, morirá. Si un animal pierde su instinto, no sobrevivirá, y sin la fuerza gobernante del Espíritu de Dios, estamos separados de Él y espiritualmente muertos.

Separados de Dios, estamos naturalmente destinados a seguir los caminos de este mundo, y permanecemos muertos en nuestros pecados. Romanos 6:23 dice: “Porque la paga del pecado es muerte”. Se refiere al tiempo presente; no dice que moriremos un día, sino que al estar separados de Dios, ya estamos muertos espiritualmente. El verdadero problema no radica en lo que hacemos, sino lo que somos en nuestra condición de pecadores. Estamos separados de la vida de Dios, y esta separación es la causa de nuestro pecado. Pero en Su amor por nosotros, Dios proveyó un camino de regreso a Él a través de Su Hijo, no sólo para pagar el castigo por nuestros pecados, sino para ser habitados por Él, convirtiéndonos así en personas espiritualmente vivas. Sin ese nuevo nacimiento, nuestra habilidad para vivir la vida espiritual nunca estará arraigada, sino que continuamente estará afectada por confusión, frustración y frecuentemente por desesperación.

Para muchas personas, el lado de sus vidas del que menos conscientes son, es el espiritual, pero ese lado es exclusivamente humano. Es lo que nos hace ir más allá, fuera de nosotros mismos para encontrar respuestas a las preguntas que sólo los seres humanos pueden hacer. ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde me dirijo? ¿De qué se trata todo esto? Esa es la parte esencial de nosotros diseñada para conocer a Dios, y ser habitados por Él. Su Espíritu que vive en nosotros es la fuerza gobernante que nos da la capacidad de vivir plenamente satisfechos y felices, que es la forma como Dios quiere que vivamos.

Vive la Verdad



El camino para una plenitud verdadera

Tener una relación íntima con Dios significa darse cuenta que la vida en abundancia nunca será encontrada en otra persona.

Tengo una confesión. Me gusta películas para mujeres, películas en donde el Señor Correcto conoce a la Señorita Correcta, se enamoran, experimentan una crisis que rompe su relación y luego se reconcilian con un beso.

Me gustan estas películas porque le hablan a un lugar muy profundo en mí que añora por amor romántico. Sin embargo, sé que nunca encontré satisfacción total aunque pueda experimentar el amor romántico de las películas porque no es la máxima ambición de la humanidad o el zenit de la plenitud. Si fuese así, entonces habría una orden en las escrituras para amar románticamente y este sería nuestro mayor llamado. En lugar de eso, nuestro mandato es amar a Dios sobre todas las cosas (Mat. 22-37-40). En Su amor, podemos encontrar plenitud que ningún humano pueda proveer.  

Tome estos pasos para ayudarse a que experimente una relación de amor íntimo con Dios:

Paso Uno: Abrace la verdad de que la intimidad con Dios no tiene contendientes.

Una amiga estaba solitaria y frustrada porque Dios no le había cumplido su mayor deseo: un esposo. Nunca se había casado y tenía 40 años, estaba cansada de orar y de esperar y esperar, pero más que todo ella estaba convencida que su vida tenía algo menos. Ella decía enfáticamente que: “Estar soltera no es tener una vida abundante!”.

Definitivamente en algunas ocasiones me identifico con las emociones de su corazón dolido por sentirse como la única chica sin acompañante al baile de graduación. Siento empatía con su soledad, sus lágrimas cuando tarde en la noche solo Dios puede escuchar sus multitudinarias oraciones por un hombre del que ella no está segura si existe. Pero la ausencia de una vida abundante que ella desea.

Nuestra conversación me mandó corriendo por mi Biblia donde encontré Juan 10:10.

“El ladrón viene a robar, matar y destruir, pero Yo he venido para que tengan vida y en abundancia.”

La palabra vida brincó de la página. Tuve que buscar su significado. En la definición, encontré la receta para la enfermedad del corazón de mi amiga: Dios mismo es la vida abundante que ambas buscamos – no la relación con un hombre. La palabra griega para vida es zoe (el lenguaje original) y significa: “vida, refiriéndose al principio de vida en el espíritu y el alma. (mi énfasis) [Zoe es] la máxima expresión de lo que es Cristo, lo que le da a los santos.

Vida. Dentro de mí. Dentro de ti. En el espíritu. En el alma. Dada por Dios. La mayor bendición que podemos tener de parte del cielo. Cristo mismo.

El primer paso para desarrollar una relación de amor íntimo (y pleno) con Dios es admitir que la vida abundante que Él prometió nunca será encontrada en otra persona. En su lugar, como la definición de zoe (vida) demuestra, la verdadera vida abundante es interna y es encontrada en Cristo únicamente.

No me malinterprete; Dios nos creó para que experimentáramos el amor humano, y el romance puede agregarle a la vida una dimensión hermosa. Pero el amor romántico nunca podrá superar una relación de amor íntimo con Dios. Sinceramente, a Dios le agrada de esta manera porque Él no quiere contendientes por tu corazón; Él es celoso por tu afecto (Ex. 34-14).

Paso Dos: Acepte que una relación plena de amor íntimo con Dios es personal.

Algunas cosas con Dios son tan personales, tan íntimo, que no puede ser descrito con palabras, solo pueden sentirse con el corazón. Así es la verdadera intimidad con Dios; sentimos que nadie más puede verdaderamente entender el lazo especial que compartimos con Él porque es personal.

Esto describe mi relación con Cristo. Él me ha consolado cuando he llorado, me ha dirigido, enseñado, regañado, guiado y amado. Hubo momentos en los que a veces pensé que mi corazón puede explotar de emoción por Él ¿Quién debería entender lo profundo de mi relación con Él sino yo y mi Salvador? Esto es verdadera intimidad con Dios: cuando sentimos que nadie más puede totalmente entender, incluso si tratemos de explicarles, porque la relación con Dios es personal.

Si nunca te has comprometido a una relación personal con Él, esta relación no está cargada con requisitos difíciles y deberes religiosos. Él no te pide que cambies antes de comprometerte con Él; Él solo pide que vengas como eres, confieses tus pecados a Él, reconozcas que necesitas que tus pecados sean perdonados y aceptes Su regalo del perdón que Él te ha ofrecido a través de su muerte en la cruz (Mat. 27-:1-66, 2 Cor. 5:21). Después de haber hecho esto, puedes empezar una conversación de por vida con Él lo que forma parte abundante de zoe.

Paso Tres: Hable con Dios

Exactamente como una relación con otra persona requiere de conversación, entonces relación con Dios es igual. Conversar con Él ocurre a través de la lectura de la Biblia (Su mayor manera de comunicarse con aquellos que le aman) y la oración (una conversación en ambos sentidos entre usted y Dios).

Cuando oras, Dios no está preguntando por una formula; Él tampoco pretende que seas algo que no eres. Él no solo quiere que lo adores, que nunca le pidas nada, o que digas frases en particular para que suenes “religioso.” En lugar de esto, Él solo quiere que le digas lo que hay en tu corazón y mente, así como lo harías con un amigo de confianza (1 Pedro 5:6-8)

Mientras oras, vas a aprender a escuchar la voz de Dios, así como dijo Jesús dijo aquellos que le conocen la reconocen (Juan 10:27-29). Sin embargo, recuerde que toma tiempo aprender a escucharle con exactitud. A veces sabrás que Él está hablando a través de su Santo Espíritu, otras veces no estarás seguro. Pero entre más entiendas quien es Dios por medio de su Palabra y tu mente sea transformada, más vas a poder discernir cuando Él te está hablando y cuando no lo está haciendo (Rom. 12:2).

Paso Cuatro: Pasa tiempo con otros que creen en Cristo

Cuando miro hace atrás en mi relación con Jesús desde que lo conocí hace 20 años atrás, no estoy segura donde estaría sin otros preciosos creyentes que me enseñaron una foto de Él.

Una mujer hizo amistad conmigo y me enseñó tremendamente sobre Cristo. Ella me enseñó Su amor; leía la Biblia (Su Palabra) conmigo, me animaba y oraba por mí. Sin su cuidado y preocupación, no estoy segura como hubiera manejado muchas de las adversidades que enfrenté durante una temporada oscura en particular.

Porque estando en una relación cercana con otros que le Conocen es parte vital para desarrollar una relación íntima de amor con Él, Jesús oró que aquellos que le conocen puedan experimentar las misma unidad que Él experimenta con Su Padre. Yo experimenté esto con mi amiga.

Si no conoces a nadie que pueda desarrollar una relación cercana a esta magnitud, alcanza a otros. Pregunta por un guía espiritual, conviértete en parte de un estudio bíblico en una iglesia creyente de la Biblia, o únete a un grupo de discipulado cristiano.

Paso Cinco: Se paciente

Por último, recuerda que desarrollar intimidad con otra persona toma tiempo, igualmente lo es una relación con Dios. Conforme creces en confiar en Él y creer más y más lo que dice en Su Palabra, tú amorío con Él se convertirá cada vez más satisfactorio y la abundante de zoe crecerá dentro de tu espíritu y alma.


Shana Schutte
Enfoque a la Familia

 

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Instrucción bíblica para todos
Instrucción bíblica para todos
Publicado: Lunes, 19 Junio 2017 09:57

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Noticias Cristianas

Encuesta

¿Qué circunstancia mayormente cree que afecta su fé en Dios?

Sinceramente, ninguna situación - 31.1%
Enfermedades y sufrimiento familiar - 25.7%
Falta de comunión en la Congregación - 13.5%
Incomprensión de mi familia no cristiana - 10.8%
Mala situación económica y trabajo - 12.2%

Votos totales: 74

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