La otra resurreción

Aunque era apenas las 3:00 de la tarde, una oscuridad sobrenatural se había apoderado del cielo, y se negaba a irse. Y la Tierra se estremeció violentamente de común acuerdo con el cielo. Nada podía ser más antinatural que el Dador de la vida estuviera sucumbiendo a la muerte. La creación gritó como si ella misma hubiera sido traspasada. Pero era Jesús quien había sido traspasado, crucificado por los pecados del mundo para que toda la creación pudiera ser hecha nueva.

En el Domingo de Resurrección nos reunimos para celebrar el amanecer de esta nueva creación gracias a la resurrección de Jesús. Desde una tumba en un huerto en las afueras de Jerusalén, la maldición del pecado y de la muerte comenzó a desmoronarse cuando Jesús abrió sus ojos, se sentó y dobló con esmero la sábana que había adornado su cabeza sin vida momentos antes. El Hijo de Dios resucitado era la primicia de una nueva cosecha, un anticipo de la vida de resurrección que sus seguidores experimentarán al final de la historia.

Pero hubo otra resurrección más ese fin de semana.

Mateo nos dice que el Viernes Santo "se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron" (Mateo 27:52). No es frecuente escuchar hablar de esta otra resurrección. De hecho, Mateo es el único evangelista que la menciona. Esto ha llevado a algunos estudiosos a cuestionar la validez del relato, o a considerarlo una versión refundida como un recurso literario excepcional diseñado para recalcar la importancia de la muerte de Cristo. Pero es difícil imaginar a personas alegóricas despertando de la muerte “que salieron de los sepulcros… [y] entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos” (v. 53 NVI).

Si tomamos a la Sagrada Escritura como la Palabra de Dios, tenemos que adueñarnos de ella en sus propios términos. Debemos dejar que Dios hable por sí mismo. Aunque Mateo proporciona pocos detalles sobre esta resurrección de los santos en ese Viernes Santo, creo que el acontecimiento revela algo fundamental en cuanto al carácter de Dios, y tiene el propósito de alentar a quienes humildemente portamos hoy el nombre de “santos”. Pero, para entender mejor el pasaje y su contexto, debemos primero considerar quiénes eran estos creyentes resucitados.

Los escritores del Nuevo Testamento no tratan a la ligera la palabra “santos”. Cuando es usada en los Evangelios y las Epístolas, la palabra se refiere invariablemente a los seguidores fieles de Jesús. No hay razón para buscarle otro significado. Y aunque es gratificante pensar en la posibilidad de que estos eran santos del Antiguo Testamento que estaban resucitando de los muertos para ser testigos del milagro más grande de Jesús, esa posibilidad parece poco probable. Mateo nos dice que estos hombres y mujeres “se aparecieron a muchos” en la santa ciudad, lo que implica que eran conocidos allí. En un mundo donde no existía la fotografía, solamente aquellos muertos a quienes recordaban los que estaban vivos, podían ser reconocidos.

En ese momento, estos discípulos resucitados sirvieron como testigos del poder de Cristo sobre la muerte, y de su aseveración de ser el Mesías esperado por los judíos. La multitud que se había reunido en el Gólgota pudo haber visto solamente a un carpintero convertido en predicador ofreciendo su vida en un último suspiro, pero la muerte de Jesús no fue una derrota; fue una victoria. En la cruz, Él abrió un camino para que hombres y mujeres se acercaran al Padre celestial que les ama. Por eso, en el mismo pasaje en el que menciona a los santos resucitados, Mateo nos dice también que el velo del templo se rasgó en dos (v. 51).

La cortina era una medida de seguridad para evitar que la gente entrara a la abrumadora presencia de Dios. El pecado no puede convivir con la santidad; por tanto, con excepción del sumo sacerdote, que podía hacerlo en el día de la expiación, a nadie más se le permitía entrar en el lugar santísimo. Pero cuando Jesús murió, este velo -que tenía 10 centímetros de espesor, de acuerdo con la más antigua tradición judía- se rasgó de arriba abajo. El poder del pecado para mantenernos alejados de Dios se rompió por medio del sacrificio de Cristo. Y puesto que la paga del pecado es muerte (Rom. 6:23), esos seguidores de Jesús que se levantaron de sus tumbas, lo hicieron como evidencia de que el elevado pago se había hecho. La entrada triunfal de los santos resucitados a Jerusalén fue la señal de la destrucción del largo imperio de muerte sobre los hijos de Dios.

Pero, al final, la muerte los alcanzó de todas maneras. Todas las personas que volvieron a la vida ese Domingo de Resurrección, murieron y fueron sepultadas otra vez, con excepción de Jesús. Es solamente en Cristo que vemos el cumplimiento de la promesa de que recibiremos cuerpos gloriosos e inmortales en la resurrección final de los muertos (1 Cor. 15:52) -cuerpos que ya no estarán sujetos al dolor ni al implacable acoso del tiempo.

¿Por qué, entonces, permitió Dios que estos santos tuvieran una suspensión de su estado de muerte? Quienes pusieron su fe en Jesús durante su ministerio terrenal se rindieron a Él como el Mesías prometido y el legítimo Rey de Israel. Pero quienes murieron antes de la crucifixión y la resurrección de Jesús, no llegaron a saber cómo, precisamente, Dios les proveería su salvación. Confiar en el Señor Jesús cuando anduvo por Judea y Galilea enseñando acerca del reino de Dios, echando fuera demonios y sanando a los enfermos fue precisamente eso -fe.

Estos hombres y mujeres seguirían siendo pecadores y Dios seguiría siendo santo. No tenían nada que les hiciera dignas y aprobadas de ganar el cielo, sino Jesús mismo. Y no sabían cómo Dios salvaría la brecha. Parece ser que el Señor, por su gran misericordia, le permitió a estos santos que vieran con sus propios ojos la salvación que Él había asegurado para ellos a tan elevado costo. Tal vez por eso, estos discípulos despertaron de la muerte cuando Jesús murió, y salieron de sus tumbas cuando el Salvador salió de la suya (Mat. 27:52,53). Fueron invitados a la espera -en ese largo sábado cuando toda esperanza parecía perdida- para que cuando el Señor Jesús apareciera en la mañana del domingo, éstos que también habían experimentado la tumba, estuvieran entre los primeros en anunciar la gloriosa resurrección de Él, una tarea apropiada para personas que habían puesto su fe en el Señor, tanto en vida como en muerte.

Quienes conocemos a Cristo hoy, también hemos sido invitados a la espera, a ese período que está entre su primera y su segunda venidas. Y aunque el misterio de la salvación nos ha sido revelado, la fe requiere todavía que confiemos a Dios nuestra vida -cada día hasta nuestra resurrección futura. Si no estamos todavía vivos cuando llegue ese día, también nosotros sabremos lo que es despertar a la redención de Dios en el pleno desarrollo que se estará produciendo, la cual veremos con nuestros propios ojos.


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El poder restaurador de la confesión

La Palabra de Dios nos señala que David fue un hombre conforme al corazón de Dios (1 Samuel 13:14). Un hombre que de acuerdo a lo que el Señor mismo dice: “guardó mis mandamientos y anduvo en pos de mí con todo su corazón, haciendo solamente lo recto delante de mis ojos”. (1ra Reyes 14:8).

Sin embargo este mismo hombre se aprovechó de la mujer de uno de sus mejores súbditos, mintió, engañó y finalmente planeó y llevó a cabo el asesinato de ese fiel servidor suyo llamado Urias Heteo.

La historia que la Biblia nos relata en 2da. Samuel capítulo 11 pone en clara evidencia a que nivel de bajeza moral y espiritual puede llegar el ser humano cuando se suelta de la mano del Señor.

La historia es aún más aleccionadora y la advertencia espiritual que surge de ella es todavía más profunda porque todo esto le sucedió a David a quien la Biblia nos presenta –según acabamos de leer- como a un gran hombre de Dios.

Conmueve pensar que fue durante un periodo de prosperidad en la política exterior del reino y de aparente fervor religioso en el cual David cometió un pecado estremecedor tanto por su atrocidad como por las consecuencias en toda la historia subsiguiente de Israel.


Notas de la caída.
Veamos algunas notas en la caída de David:

1. Ocio: David se había quedado en el palacio mientras el pueblo estaba librando batallas. Allí en un ambiente de comodidad y de ocio estuvo más expuesto a la tentación.

Los cristianos, los siervos de Dios entramos en un terreno de mayor peligro cuando dejamos de ocuparnos de aquellas tareas que Dios nos ha encomendado.

2. Sensualidad: La Palabra nos dice que David al caer la tarde se levantó de su cama y se puso a recorrer con su mirada desde la terraza, en una actitud ociosa y sin un propósito específico, el panorama que rodeaba el palacio real.

Unos ojos (o cualquiera de nuestros sentidos) sin control constituyen un gran peligro espiritual.

Si son nuestros sentidos los que nos gobiernan y no el Espíritu Santo la caída es inminente.

Cabe preguntarnos cómo siervos del Señor: ¿Qué estamos mirando? ¿Estamos permitiendo que nuestros sentidos sean estimulados de maneras que no edifican nuestra vida espiritual?

Esta pregunta es especialmente adecuada en estos tiempos dónde –por ejemplo- la pornografía y la violencia son algo corriente en Internet, en televisión, etc.

Debemos ser controlados y guiados por el Espíritu Santo para que no sean nuestros deseos los que nos arrastren al pecado.

3. Dureza de corazón: Cuando la situación comienza a encerrar a David (ha cometido inmoralidad sexual y la mujer con quien lo ha hecho ha quedado embarazada siendo que su marido había estado ausente por largo tiempo), David en lugar de confesar su pecado se endurece más y más.

La Biblia dice: ¿Quién se endureció contra Él y le fue bien? (Job 9:48)

Así David trata de engañar, de forzar la voluntad de Urias Heteo hasta llegar al punto en que al ver que todos sus planes fallan, trama el asesinato de un hombre inocente.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que este gran hombre de Dios haya caído de esa manera? Es que el pecado nubla la visión de Dios.

La Biblia dice: “Bienaventurados los de limpio corazón pues ellos verán a Dios” (Mateo 5:8), “Seguid la Paz con todos y la santidad sin la cual ninguno verá al Señor” (Hebreos 12:4).

Ese “ver al Señor” se refiere no sólo a la esperanza de la vida eterna sino a la revelación diaria de la persona y los propósitos del Señor.

El pecado no confesado nubla irremediablemente la visión de Dios y no nos permite escuchar su voz.

La necesidad de la confesión.
Es por eso que debemos confesar cuanto antes el pecado. La confesión sincera y específica es vital para la salud espiritual.

Los caminos errados en este aspecto consisten en procurar ocultar o disimular el pecado, en culpar a otras personas tratando de transferir la culpa o en buscar justificaciones a pesar de que internamente el Espíritu Santo nos está señalando nuestras faltas para que confesemos de una vez y seamos libres.

Muchos de estos escapismos tienen hoy día la forma de complejas explicaciones psicológicas que sin embargo no tienen la capacidad de librarnos de la culpa y la carga del pecado.

Tanto se endureció David que su conciencia se fue acallando. Externamente parecía que el tiempo pasaba y que finalmente “superaría” el problema, hasta el punto que es altamente probable que haya seguido con sus actividades “religiosas”.

Muchas veces nos enteramos acerca de siervos de Dios que han caído en pecados graves, pecados que se mantuvieron ocultos por mucho tiempo mientras ellos llevaban a cabo su “ministerio” sin aparentes problemas.

¿Pero que estaba sucediendo en su interior? El mismo David nos lo detalla:

"Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día.
Porque día y noche tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano". (Selah)

Salmo 32: 3 y 4 (Biblia de las Américas).

Al no confesar su pecado David se debilitó físicamente hasta enfermarse. En su alma se sentía sin alegría alguna, sin ningún testimonio ni poder. Al estar lejos de Dios a causa de su pecado, se sentía muerto interiormente.

Spurgeon dice al respecto: “¡Que clase de muerte es el pecado… ¡un fuego en los huesos! En tanto que intentamos cubrir nuestro pecado ruge por dentro … y es causa de gran dolor”.

Esa situación se extendió agobiando a David, empeorando y profundizándose hasta que tomó la decisión de confesar su pecado. Igual que el hijo pródigo resolvió volver a su padre y confesar su transgresión David se presentó al Señor diciendo:

"Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones.Lávame por completo de mi maldad, y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí.
Contra ti, contra ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos".

Salmo 51: 1 – 4a (Biblia de las Américas).

La promesa del Señor es que si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad (1ra Juan 1:9).

Dios promete perdonar siempre y cuando confesemos sincera y abiertamente el pecado sin procurar encubrirlo o justificar nuestra situación. No debemos ocultar nada intencionalmente.

La confesión debe ser –repetimos- sincera: una confesión mecánica sin que nuestro corazón esté puesto en la acción de confesar no tiene ningún valor espiritual.

Además la confesión debe ser específica o sea debemos decirle clara y detalladamente a Dios lo que hemos hecho.

Aunque el Señor conoce todas y cada una de nuestras acciones, el exponer claramente nuestra maldad ante Él trata nuestro corazón y nos confronta con el peligro de estar jugueteando con el pecado.


La confesión de David siguió estos lineamientos:

Dice el Salmo 32: 5: Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad.
Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado.
(BLA).

Asimismo dice la Palabra de Dios en Proverbios 28:13: "El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia".

Una vez que hemos confesado el pecado éste queda perdonado y de ese modo el cristiano queda restaurado.

En muchas oportunidades el pecado cometido ha ocasionado males y consecuencias de diverso tipo (y la historia del pecado del Rey David es muy aleccionadora al respecto).
Dios nos libra del castigo del pecado pero debemos enfrentar inevitablemente sus consecuencias.

Si esas consecuencias incluyen el haber dañado a otras personas, el cristiano arrepentido y restaurado por el Señor debe procurar reparar ese daño en toda forma que esté a su alcance: por ejemplo devolviendo algo que había retenido indebidamente o aún robado o pidiendo perdón cuando hemos pecado de palabra o por acciones contra alguien, etc.

Una vez que hemos confesado y hecho reparación y estamos en paz con Dios y con los hombres debemos creer firmemente en la restauración que Dios efectúa, no dejando que viejos pecados que el Señor ha borrado vuelvan a angustiarnos y hacernos sentir culpables.

¡Disfrutemos el incomparable gozo y la felicidad de la comunión con Dios!.
La confesión sincera tiene un poder libertador y restaurador inigualable en vida del cristiano.

El rey David lo expresa diciendo: "¡Qué felicidad la de aquellos cuya culpa ha sido perdonada! ¡Qué gozo hay cuando los pecados son borrados! ¡Qué alivio tienen los que han confesado sus pecados…!" (Salmo 32: 1 y 2 - Biblia al Día).


Daniel Zuccherino

Asociación Evangelistica Luis Palau



Por qué Cristo debe regresar

La Escritura no es ni vaga ni ambigua acerca de la promesa del retorno de Cristo. Una gran porción (según algunas estudios, tanto como la quinta parte) de la Escritura es profética, y tal vez una tercera parte o más de los pasajes proféticos se refieren a la Segunda Venida de Cristo o a eventos relacionados a ella. Es sin dudas un tema importante en la profecía de ambos, el Antiguo y Nuevo Testamento.

Y a pesar de lo que digan y se burlen algunos, Jesús viene (2 Pedro 3:3-10). La historia del mundo está dirigiéndose hacia la conclusión que Dios ya predestinó. No es un fin que vendrá como resultado de una guerra nuclear, irresponsabilidad del ambiente, o una invasión de extraterrestres; es Él que viene por el propósito y plan de Dios, predicho en la Escritura. No se equivoque – ¡Cristo sí regresará!

Aquí hay nueve razones de la Escritura por la cual usted puede estar seguro que Cristo vendrá de nuevo.

La Promesa de Dios lo Demanda
El Antiguo Testamento está lleno de la promesa mesiánica – esa promesa es su enfoque principal. Desde el principio (Génesis 3:15) al final (Malaquías 4:2), todo el Antiguo Testamento está lleno de profecías del Libertador por venir – por lo menos 333 promesas distintivas, según se puede ver.

 De las más de 100 profecías acerca del primer advenimiento de Cristo, todas ellas fueron cumplidas con precisión, literalmente. Su cabalgata en un asno, el partimiento de sus ropas, la perforación de Sus manos y pies, y las vívidas profecías de Su rechazo por los hombres en Isaías 53 – todas estas pudieron haber sido interpretadas simbólicamente por académicos del Antiguo Testamento antes de Cristo. Pero el Nuevo Testamento registra repetidamente los reportes que tales cosas fueron cumplidas en el sentido más literal, “para que se cumplan las Escrituras de los profetas” (Mateo 26:56; c. 2;15; 4:14-16; 8:17; 12:17-21; 13:35; 21:4-5; 27:35; Juan 12:38 15:25; 19:24, 28)”. 

La Escritura dice que Dios “no miente” y que El no cambiará Su mente (Números 23:19; Tito 1:2). Lo que Él ha prometido, Él lo hará. La veracidad de la Biblia está en peligro en la Segunda Venida.

La Enseñanza de Cristo Lo Demanda
La enseñanza terrenal de Cristo tuvo muchas referencias a Su Segunda Venida (Mateo 24-25; Lucas 21). Cuando Él estuvo en juicio por Su vida, Jesús defendió Su propia deidad con una declaración audaz acerca de la Segunda Venida en los términos más triunfantes. Él le dijo al sumo sacerdote, “Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo” (Marcos 14:62).

En la noche de Su traición, Cristo les dijo a sus discípulos, “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os prepararé lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:2-3). No solo está la credibilidad de Dios en peligro en la Segunda Venida, pero también la credibilidad de Su Hijo. Si Jesús no regresa, El es un mentiroso.

El Testimonio del Espíritu Santo Lo Demanda
Porque “Dios…no miente” (Tito 1:2), Su promesa garantiza la venida de Cristo. Jesús es la verdad encarnada (Juan 14:6); entonces Su enseñanza también confirma infaliblemente el hecho de la Segunda Venida. Y el Espíritu Santo, quien es llamado “el Espíritu de verdad” (Juan 14:17; 15:26), también testifica a la Segunda Venida de Cristo a través de los escritores del Nuevo Testamento.

Sea el apóstol Pablo (1 Corintios 1:4-7; Filipenses 3:20; Colosenses 3:4; 1 Tesalonicenses 4:16-17; etc.), el apóstol Pedro (1 Pedro 1:13; 5:4; 2 Pedro 3), o el apóstol Juan (1 Juan 3:2), una y otra vez, a través de las Escrituras inerrantes, el Espíritu Santo agrega Su testimonio al del Padre y el Hijo – Jesús vendrá.

El Programa de la Iglesia lo Demanda
Dios está actualmente “[tomando] de ellos [los gentiles] pueblo para su nombre” (Hechos 15:14) y juntando a Sus elegidos en un gran cuerpo, la iglesia. El papel de la iglesia es de ser como una novia pura para el Hijo propio de Dios, lista a ser presentada a Él en Su Segunda Venida.

Pablo usa esa imagen de una boda en 2 Corintios 11:2: “Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo”. El matrimonio es una metáfora hermosa que pinta el amor de Cristo y el cuidado por Su iglesia (Mateo 25:1-13; Efesios 5:25-27; Apocalipsis 19:6-9). Y es por eso que podemos estar seguros que El regresará para clamarla, así como El prometió (Juan 14:2-3). Él regresará por Su novia.

La Corrupción en el Mundo lo Demanda
El mundo es un lugar malvado, y cuando el “Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles…pagará a cada uno conforme a sus obras” (Mateo 16:27). “Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:28-29).

Esa esperanza bendecida de cada creyente (Tito 2:13) es el terror del mundo. Para los incrédulos, Su venida significa juicio inmediato e imparcial (1 Tesalonicenses 1:7-10; Judas 14-15; Apocalipsis 19:11-16); para creyentes – ¡gozo absoluto! Jesús debe regresar para ejecutar retribución justa sobre los pecadores y para llevar a cabo el juicio que Él prometió.

El Futuro de Israel lo Demanda
En el día de Pablo, gentiles venían a la iglesia en más grandes números que los judíos convertidos, y en Romanos 11, Pablo les recordó, “Pues si algunas de las ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo” (v. 17). Pero el tiempo viene cuando las ramas serán injertadas de nuevo al olivo (vv. 23-24), un fenómeno que Pablo expresamente conectó con la venida de Cristo (v. 26). Ese es el día cuando Israel lamentará por Aquel quien fue traspasado (Zacarías 12:10), y Dios los salvará a todos (Romanos 11:26).

La Vindicación de Cristo lo Demanda
Es inconcebible que la última mirada pública que el mundo tuviera de Jesucristo fuera la de un criminal sangriento, muriendo, y crucificado, lleno de sangre, saliva, y moscas, colgando desnudo durante el crepúsculo de Jerusalén. ¿Se dio usted cuenta que después de su resurrección, Él nunca apareció en un lugar público ante incrédulos? Muchos creyentes lo vieron, le tocaron, le hablaron, y dieron un unánime testimonio que Él había resucitado de la muerte. Pero no hay registro que los incrédulos lo hayan visto.

Pero el mundo incrédulo sí verá Su gloria expuesta a todos. La Escritura dice, “Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Hebreos 9:28; c. Mateo 24:27). El Salvador quien fue humillado, burlado, y puesto a morir en exposición pública del odio humano de Dios vendrá como un victorioso Señor en vista del mundo entero (Lucas 21:25-27). Y cada ojo lo verá (Apocalipsis 1:7).

La Destrucción de Satanás lo Demanda
Satanás, aunque ya un enemigo derrotado así como lo saben los cristianos, aún sigue ejercitando una clase de dominio sobre este mundo (Juan 12:31; 14:30; 16:11; 2 Corintios 4:4; Efesios 2:2; 6:12; 1 Juan 5:19). Pero Cristo es el gobernante legítimo de este mundo, y cuando Él regrese, Él derrotará y destruirá a Satanás completamente.

En Apocalipsis 5, cuando Cristo recibe el libro con los siete sellos, el título del mundo, Él desencadena el juicio cuando el sello es roto (Apocalipsis 6-7). Los siete juicios dan paso al juicio de las siete trompetas (Apocalipsis 8-9); los juicios de las trompetas dirigirán al juicio de las siete copas (Apocalipsis 16). Finalmente, después de un último esfuerzo de Satanás por retener su dominio ilegal sobre el mundo, Cristo mismo vendrá a vencer al enemigo – Él lo encadenará, lo lanzará en un hoyo sin fin, y finalmente lo confinará a un eterno lago de fuego (Apocalipsis 19). Con eso, la victoria de Cristo sobre Satanás, el usurpador, se completará.

La Esperanza de los Santos lo Demanda
Sólo la venida gloriosa y triunfante de Cristo puede cumplir la esperanza de los santos – cada verdadero creyente espera ansiosamente ese día. Pablo caracteriza a los cristianos como aquellos quienes “aman su venida” (2 Timoteo 4:8). El apóstol Juan dice, “Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es” (1 Juan 3:2). La venida de Cristo instantáneamente nos llevará al cumplimiento de nuestra glorificación.

Juan después agrega estas palabras: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro” (v.3). Esta es la prueba de una escatología saludable: ¿Es su esperanza una influencia santificadora en su alma? ¿Está buscando algo más allá de la conmoción de este mundo con la realización que un día verá a Cristo cara a cara, y está preparando tu corazón y alma para eso? ¿Está ansioso y vigilante? ¿Está lleno de esperanza y expectativa gozosa? Esa es la actitud a la cual la Escritura nos llama.

La Segunda Venida no le debe detener de hacer lo que está haciendo para esperar la venida del Señor. Y tampoco le debe motivar a enfocar toda su atención en los eventos y desarrollos políticos de este mundo. Por el contrario, le debe inspirar a la santidad conforme dirija su corazón hacia Cristo, cuya venida es anticipada por cada creyente con gran gozo.


Gracia a Vosotros



Cristo es la respuesta

Para muchísimas personas que escriben a nuestra oficina cada semana, la vida ya no parece tener sentido. Tengo buenas noticias para usted. Dios no nos creó para ser un alma derrotada, desanimada, frustrada y errante que busca en vano la paz. Tiene planes mayores para usted. Tiene un mundo más amplio y una vida más grande para usted. La respuesta a su problema, no importa cuán grande sea, está tan cerca como su Biblia, es tan sencilla como las matemáticas del primer grado y tan real como el latido de su corazón.

La Biblia dice: “Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37). La Biblia enseña también que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1 Juan 5:4).

Con la autoridad de la Palabra de Dios, le digo que Cristo es la respuesta a toda perplejidad desconcertante que aqueja a la humanidad. En Él se encuentra la cura para la preocupación, un bálsamo para el duelo, la sanidad para nuestras heridas y suficiencia para nuestra insuficiencia.

La respuesta a la soledad
Aunque se encuentre en una gran ciudad, como Nueva York o Los Ángeles, usted puede estar solo en medio de una multitud. Tal vez esté viviendo una soledad insoportable. El mundo está cerrado a usted, y usted se encuentra afuera del mundo. Las barreras sociales le han impedido hacer lo que desea hacer. O tal vez su pareja de muchos años ha sido quitada y ha quedado solo.

Muchos se vuelcan al alcohol por la soledad. Otros pierden su cordura por la soledad. Algunos se suicidan por la desesperación de la soledad. Pero miles han encontrado que Cristo es la respuesta a su soledad.

Cristo dijo: “Les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20)...

Moisés no estaba solo en el desierto de Madián cuando Dios fue a consolarlo y a llamarlo a un ministerio más amplio (Éxodo 3 y 4).

Elías no estaba solo en la cueva cuando Dios se acercó y habló con un suave murmullo (1 Reyes 19).

Pablo y Silas no estaban solos en la cárcel de Filipos, cuando Dios descendió y les dio un canto a la medianoche (Hechos 16).

Quienquiera que sea usted, Cristo puede darle consuelo y compañía. No importa el color, la raza o el credo, los deseos de su corazón son iguales. Ese lugar de soledad y dolor puede ser llenado por Cristo si le abre su corazón y lo deja entrar.

La respuesta al dolor
Cuando Harry Lauder, el gran comediante escocés, se enteró de que su hijo había muerto en Francia, dijo: “En un tiempo como éste, un hombre tiene tres posibilidades: puede entregarse a la desesperación y volverse una persona amarga, puede intentar ahogar su dolor en la bebida o en una vida de maldad, o puede volverse a Dios”.

Le ruego que, en su dolor, se vuelva a Dios. El apóstol Pablo, que sufrió tanto como cualquier persona que haya vivido, escribió: “El Señor me librará de todo mal y me preservará para su reino celestial. A él sea la gloria por los siglos de los siglos” (2 Timoteo 4:18). Enfermo, afligido, con cicatrices y moretones, y golpeado por la persecución, Pablo no tenía amargura, sino que encontraba su suficiencia en Cristo. Cristo es la respuesta a nuestro dolor.

La respuesta a las cargas
Oí la historia de un hombre cansado que caminaba por un camino, agotado y desalentado. Apenas podía poner un pie delante del otro. Un vecino lo alcanzó en una carreta y lo invitó a viajar con él. Mientras iban viajando su vecino notó que el hombre cansado y agotado aún llevaba una pesada bolsa de granos sobre su espalda.

“Apóyela en el piso”, le dijo, “no necesita cargarla”.

El hombre cansado dijo: “Oh, bastante tengo con que usted me lleve a mí, pero no esta bolsa de granos”.

Tal vez usted se haya vuelto a Dios, pero aún lleva sus cargas. Pero Dios le dice: “Depositen en mí toda ansiedad, porque yo cuido de ustedes” (ver 1 Pedro 5:7).

Si usted debe atravesar el valle de sombra de muerte, si debe despedirse de personas que ha amado, si sufre privaciones y desdicha, si es perseguido injustamente por causa de la rectitud, ¡cobre ánimo, ármese de valor! ¡Nuestro Cristo es más que adecuado para nuestro dolor!

Hablé una vez con un hombre que había perdido a su esposa y a sus tres hijos en un incendio. Nadie podría tener más razones para estar amargado o mostrar su dolor que él. Tomó mi mano con fuerza y dijo, con una sonrisa: “Dígale al mundo que la gracia de Dios es suficiente aun para la persona que más sufre”.

La respuesta al sufrimiento
La enfermedad, el dolor y el pecado son todos producto de la caída del hombre en el Huerto. La enfermedad es un subproducto de la transgresión, pero eso no quiere decir que los cristianos nunca sufren. La Biblia dice: “Muchas son las angustias del justo” (Salmos 34:19).

Job tuvo sufrimientos, Pablo tenía una dolencia, Lázaro se enfermó. A las personas buenas a lo largo de los siglos no se les ha prometido ninguna inmunidad de enfermedades o dolencias. Muchísimas personas escriben cada mes para preguntarme: “¿Por qué sufren los cristianos?”. Quédese tranquilo. Hay una razón por la que los cristianos sufren. Una razón por la que sufren los hijos de Dios, según la Biblia, es que el sufrimiento es un proceso de disciplina, corrección y moldeado.

La Biblia dice: “Reconoce en tu corazón que, así como un padre disciplina a su hijo, también el Señor tu Dios te disciplina a ti” (Deuteronomio 8:5). La Biblia dice también: “El Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido” (Proverbios 3:12).

Estos pasajes bíblicos nos dicen que la corrección de la aflicción es un paso en el proceso de nuestro desarrollo pleno y completo. Es un toque de amor de nuestro Padre celestial para mostrarnos que nos hemos apartado de la senda del deber.

El sufrimiento puede ser también un medio de refinación y purificación. Muchas vidas han surgido del horno de la aflicción más hermosas y más útiles. Tal vez nunca habríamos tenido las canciones de Fanny Crosby si no hubiera sido afligido con la ceguera. George Matheson tal vez nunca habría entregado al mundo su canción inmortal “Oh, amor, que no me dejarás” si no hubiera pasado por el horno de la aflicción. El “Aleluya” fue escrito por Handel cuando estaba en la pobreza y paralizado de su lado derecho.

Job, que fue llamado a sufrir como pocos, dijo: “Él, en cambio, conoce mis caminos; si me pusiera a prueba, saldría yo puro como el oro” (Job 23:10).

Su sala de enfermedad puede convertirse en un “gimnasio espiritual” donde su alma es ejercitada y desarrollada. La enfermedad es una de “todas las cosas” que Dios dispone para el bien de quienes lo aman (Romanos 8:28). No la resienta. No se amargue por ella. Si está acostado en la cama de un hospital, comprenda hoy que es el toque de un Padre celestial amoroso, que lo ama tanto que no lo consentirá, sino que hará que todas las cosas sean para el bien último de usted.

Cristo puede quitar el desaliento y el abatimiento de su vida. Puede aligerar su paso, apasionar su corazón y poner propósito en su mente. El optimismo y el buen ánimo son producto de conocer a Cristo.

La Biblia dice: “Gran remedio es el corazón alegre, pero el ánimo decaído seca los huesos” (Proverbios 17:22).

Si el corazón ha sido armonizado con Dios a través de la fe en Cristo, entonces rebalsará con un optimismo alegre y con buen ánimo. Pero nunca se librará usted del desaliento y el abatimiento hasta que esté en armonía con Dios. Cristo es la fuente de la felicidad. Es el manantial del gozo.

He aquí el secreto del gozo del cristiano: “Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso” (1 Pedro 1:8).

La respuesta al pecado
La Biblia dice: “Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). La Biblia indica que todos los problemas del mundo surgen del hecho de que los hombres y las mujeres han quebrantado las leyes de Dios. Hay una penalidad para el quebrantamiento de la ley de Dios, y esa penalidad es la muerte eterna y el destierro de su presencia.

Cristo es la respuesta al problema del pecado. La Biblia dice que “en él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia” (Efesios 1:7).

La Biblia dice, también: “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).

¿Tiene usted una conciencia que está golpeando hoy por el pecado en su vida? ¿Ha tenido esta sensación incómoda de no estar en armonía con Dios? ¿Ha estado el Espíritu Santo convenciéndolo del hecho de que usted ha quebrantado las leyes de Dios y necesita un Salvador?

¿Por qué no abrir la puerta de su corazón para dejar que Cristo entre en su vida? “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

No importa si se encuentra solo, triste, agobiado o si está sufriendo, Cristo es la respuesta. Como explicó mi padre, la raíz de todos nuestros problemas es el pecado, pero, nuevamente, ¡Cristo es la respuesta! Si usted entrega su vida a Cristo, Dios promete perdonar sus pecados y darle una vida nueva. ¿Entregará su vida a Cristo? Puede hacerlo ahora mismo, no importa dónde se encuentre.

Primero, reconozca que es una persona que ha pecado y se ha rebelado contra Dios. Renuncie a sus pecados, confíe en Cristo como su Salvador y sígalo como su Señor. El Espíritu Santo vendrá a vivir en su corazón. Le dará nuevas actitudes, nuevos deseos, nuevos motivos. Usted puede ser una nueva persona en Cristo.


Asociación Billy Graham



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Nos gozamos en el Señor al saber que muchas personas más tendrán la oportunidad de conocer a Jesucristo y Su Palabra ¡Gracias Señor!    

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Al disfrutar un merecido tiempo de vacaciones ¿Qué hace para no dejar de alimentarse espiritualmente?

Prefiero desconectarme de todo, incluso de lo espiritual - 20%
Sintonizo alguna emisora cristiana para seguir aprendiendo - 36.7%
Averigüo los horarios de una Iglesia local para congregarme - 10%
Llevo música, películas, revistas y libros cristianos variados - 20%
Hago un devocional bíblico cada día junto a mi familia - 13.3%

Votos totales: 30

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