En el momento en que Jesús murió tuvieron lugar tres eventos. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, lo cual fue de gran significado teológico. El velo del templo separaba el Lugar Santo del “Lugar Santísimo”. Sólo el sumo sacerdote podía traspasar el velo, y sólo podía hacerlo una vez al año en el Día de la Expiación, llevando la sangre derramada en señal de sacrificio por el pecado.

Detrás de este velo estaba la presencia de Dios, fuera del alcance de la persona común y corriente. El velo rasgado era simbólico de que Dios lo había roto desde el interior, poniéndose a disposición de todas las personas. A partir de ese momento, ya no había necesidad de un mediador entre Dios y el pueblo. 1 Timoteo 2:5-6 dice: “Porque hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, quien dio su vida como rescate por todos.” Lo anterior es representado de manera espectacular por un acto divino dentro el templo al momento en que Jesús murió.

El segundo evento se describe como un terremoto, un fenómeno físico acompañado de tres horas de oscuridad. La obra de Jesús en la cruz no fue sólo por la redención de la humanidad, sino de toda la creación. Pablo dice en Colosenses 1:20, “...y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz." En el momento en que Cristo murió el mundo físico respondió.

El tercer evento nos dice que las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos experimentaron una resurrección en masa, pero no aparecen hasta después que Jesús resucitó el Domingo. Luego vinieron a Jerusalén y fueron vistos por muchos. Varias especulaciones rodean lo que implica este evento, pero no hay registros adicionales acerca de esto. La Escritura nos dice, sin embargo, que después de Pentecostés, los saduceos se encontraban grandemente perturbados por esto, y capturaron a Pedro y a Juan, ya que estaban proclamando la resurrección de los muertos en Jesús (Hechos 4:2). Es muy posible que los saduceos estuvieran muy disgustados por haber sido testigos de este tercer evento, al haber visto uno o más de los resucitados en Jerusalén.

Cuatro personas asistieron al funeral de Jesús; José de Arimatea, en cuya tumba Jesús fue colocado; Nicodemo, María Magdalena, y María la madre de Jesús. Aparte de la sepultura de Jesús y de la ubicación de los soldados romanos para guardar la tumba, la Biblia no nos dice mucho acerca del siguiente día. En cuanto al Consejo del Sanedrín, sabemos que fueron testigos de tres horas de oscuridad al mediodía. Ellos sintieron el terremoto y supieron todo acerca de la ruptura del velo que separaba el lugar santísimo.


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