Gran parte de nuestra preocupación acerca del pecado es lo que complica nuestras vidas, y a menudo nos causa muchos problemas. Queremos ser perdonados y tener nuestra conciencia limpia, pero al permanecer en nuestro pecado, adoptamos la idea de que la gracia y el amor de Dios son incondicionales. La idea, por supuesto, es que es mejor no pecar, pero si lo hacemos, no nos debemos alarmar, solo debemos venir y recibir perdón.

En efecto, lo que estamos diciendo es que podemos hacer lo que deseemos siempre y cuando nos acerquemos a la cruz de Cristo, y digamos que lo sentimos, y así tendremos nuestras conciencias limpias otra vez. En realidad, lo que estaremos haciendo es distorsionar el amor y la gracia de Dios transformándolo en algo barato y peligroso en nuestras vidas.

Hay un viejo dicho que dice: “Es más fácil pedir perdón que pedir permiso". A veces traemos esa misma actitud ante Dios y, a menudo pasamos por alto el hecho de que nuestro pecado está en contra de Dios. La idea de que el amor y la gracia de Dios son totalmente incondicionales no es cierta de acuerdo con las Escrituras. Lo que es cierto es que hay perdón, pero no existe perdón donde no hay genuino arrepentimiento. El arrepentimiento significa literalmente un cambio de mente. Se trata de una actitud preventiva contra el pecado, el arrepentimiento es algo que de antemano hemos escogido. No se trata de algo que sintamos, sino de algo que pensamos.

Una de las cosas más importantes que todos debemos hacer en nuestras vidas es mantener una conciencia limpia. La Escritura nos dice que incluso podemos llegar a vulnerar y destruir nuestras conciencias. Cuando por primara vez hacemos algo que sabemos que está mal, nuestras conciencias gemirán en voz alta para alertarnos; la segunda vez que lo hagamos, el grito de nuestra consciencia no será tan fuerte; la tercera vez, sentiremos que todo sigue igual, y la cuarta o quinta vez, empezaremos a pensar que, después de todo, a Dios eso ni siquiera le importa. Pablo refuta esto de manera categórica. Pablo escribe: “¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera!, nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? "(Romanos 6:1-2).

La cruz de Cristo es el medio por el cual somos capaces de vivir una vida pura y piadosa, no sólo en cuanto a Su muerte por nosotros, sino en cuanto a nuestra unión con Él en Su muerte. Cuando estamos verdaderamente arrepentidos, podemos decir como Pablo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). Por supuesto que el hecho de dejar de cometer pecados no constituye una opción para nosotros, pero lo que es maravillosamente cierto es que nuestro pecado murió con Cristo, y Cristo nos da una nueva vida en la que podemos afirmar: “Ahora Cristo es mi fortaleza, mi vida, y el poder en el que yo vivo!".



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