Usted ha pasado por eso. Usted lo sabe; es ese lugar en que usted debe traer a colación el evangelio, pero, por alguna razón, no lo hace. Es ese momento incómodo cuando las palabras deben brotar de la boca, pero su cerebro pone bajo candado todo versículo memorizado, la respiración se vuelve difícil, y su archivo de excusas gira como carrusel buscando la manera de salirse de la conversación.

Hay varias razones por las que la mayoría de nosotros rehuimos dar testimonio de Jesucristo. Uno es el sentimiento de ignorancia. En realidad no sabemos cómo hacerlo.

Otra es una especie de indiferencia que nos invade. Nosotros estamos bien alimentados espiritualmente. Creemos en el Salvador. Nuestra familia está creciendo. Así que, de cierta manera, desviamos la responsabilidad a otro individuo: el televangelista, el pastor, o el orador en la cruzada masiva que puede proclamar a Cristo tan bien.

Otra razón por la que somos renuentes es el miedo. A nadie le gusta que le hagan preguntas que no puede responder, especialmente un extraño. No nos gusta lo impredecible. Tenemos miedo de una respuesta hostil. Tenemos miedo de hacer el ridículo. Así que escogemos guardarnos la fe para nosotros mismos.

Y no se equivoque: Dar testimonio de Cristo exige una gran dosis de valor.

También exige un método probado. Varios métodos se emplean para comunicar las buenas noticias de Cristo a los perdidos. Algunos métodos parecen tener éxito y ser efectivos por encima, pero, por debajo, dejan mucho que desear.

Tómese el Método del Franco Tirador, por ejemplo: “Mientras más cabezas, mejor.” Este método se centra en las decisiones, y muy poco (si acaso algo) esfuerzo se dirige hacia el seguimiento o discipulado, o a cultivar una relación personal. Estos cazadores ansiosos no son difíciles de identificar. Por lo general se les puede oír contando (en voz alta) los cueros cabelludos que llevan a la cintura y se les puede ver disparando sus dardos encendidos a toda carreta que logran ver. El tacto lo abandonaron hace rato...

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