Cuando Jesús habla a cerca de lamento y luto en las bienaventuranzas, Él no está hablando de muerte y funerales, sino que está relacionándolo con algo que ocurrió anteriormente. Cuando reconocemos y enfrentamos nuestra “pobreza en espíritu”, podemos hacer cualquiera de estas dos cosas: podemos ocultarla y fingir que no existe o podemos enfrentarla con honestidad, llorándola y lamentándola.

Llorar y lamentar nuestra “pobreza en espíritu” significa arrepentimiento. El arrepentimiento no consiste simplemente en sentirnos mal por lo que hayamos hecho o hayamos dejado de hacer, sino consiste en que reconozcamos que la causa de lo que hacemos, es lo que somos. En nuestro estado natural, somos pecadores, no porque pequemos, sino porque ésa es nuestra naturaleza inherente. Cuando nacimos en esta existencia, Dios no miró desde el cielo y dijo: “Ese es un bebe muy lindo, espero poder conservarlo.” Entonces, luego un día pecamos y Dios con tristeza dijo: “¡Oh, no! otro que se ha ido”. La realidad, es que todo lo que Dios espera de nosotros es el fracaso, porque la condición natural de nuestro corazón es una condición de corrupción y por lo tanto, pecamos.

Pablo escribió acerca de sí mismo: “Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual. Pero yo soy meramente humano y estoy vendido como esclavo al pecado” (Romanos 7:14). Pablo lo que está haciendo es una descripción de sí mismo, en su estado natural, es decir, apartado de Dios, y aclara lo que somos en nuestra naturaleza original. Nuestra naturaleza original, al estar separados de Dios, es esencialmente corrupta y no podemos por nuestros propios medios escapar de ella. Es por eso que tenemos que enfrentar y llorar nuestra “pobreza en espíritu”.

El arrepentimiento no es un hecho que toma lugar una vez en el tiempo, sino es una actitud permanente y es una disposición de corazón; el arrepentimiento implica un cambio de mente, que nos lleva a cambiar las cosas que no son de Dios por las cosas que sí son de Dios. El arrepentimiento consiste en pasar de la dependencia de nosotros mismos a la dependencia de Dios, e implica que vivamos no en nuestras propias fuerzas, sino en la fortaleza de Cristo. El arrepentimiento consiste en dejar de vivir a nuestra manera y pasar a vivir a la manera de Dios...

Cuando reconocemos nuestra “pobreza en espíritu”, y la lamentamos, lo maravilloso que sucede es que descubrimos que no somos criticados, ni humillados, ni condenados a causa de nuestra pobreza espiritual, sino que en respuesta a nuestro arrepentimiento, Dios nos perdona, nos limpia y envía a Su Espíritu Santo a morar en nosotros, el “Consolador” como Jesús lo llamó. El Consolador es el antídoto a nuestra pobreza espiritual y Él viene a morar en nosotros, para que de esta manera, Él mismo remplace la corrupción de nuestro corazón por la justicia de Cristo.

Yo diría que la medida de nuestro arrepentimiento marcará la medida de la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas. Y la tarea del Espíritu Santo es reemplazar nuestra pobreza, por las riquezas de Cristo; nuestra debilidad, por la fortaleza de Cristo; nuestra derrota, por la victoria de Cristo. El Consolador, es la presencia de Cristo en nosotros y Su permanente presencia en nosotros es infinitamente reconfortante.

Vive la Verdad



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